Saturday, July 04, 2009

Semana 06/09.07.09.

Se inicia el tratamiento del capítulo II de Por la senda del Pensar Ontológico.

Se reanudan los trabajos en clase con estos textos para facilitar al alumno la acumulación de las notas para el promedio semestral.

Monday, June 29, 2009

Texto 06.

Profesor: Jorge Henríquez M.
Asignatura: Filosofía.
Contenido: Texto 06, resumen de R. Echeverría: Por la Senda del Pensar Ontológico, capítulo II.


[Estos paréntesis contienen interpretaciones y acotaciones del profesor que no aparecen en el original.]
[La comprensión de este texto supone el dominio de los ‘tres modelos’ tratados en el texto 01.]

El Claro.

1.-[Un defecto en el aprendizaje]
-El alumno aprende las partes pero no se enseña a ver el todo al que éstas pertenecen.
-[Ver texto 03 de Tercero Medio.]
-El todo hay que ‘mostrarlo’
2.-
-Para ‘mostrar’, hay que hacer una distinción [V. Maturana/Varela].
-Sólo vemos lo que distinguimos.
-Se hace, entonces, la siguiente distinción:
discurso [teoría]
práctica [aplicación].

-Ejemplo: Discurso= ontología del lenguaje;
práctica= coaching ontológico.

-Otra distinción necesaria, ahora al interior del discurso:
-distinción entre las partes del discurso y la totalidad a la que esas partes pertenecen.
-esta distinción permite visualizar ‘el claro’ [Cp. Heidegger: Lichtung.]

3.- Genealogía del concepto de claro.
3.1. Heidegger.
3.1.1. En el claro de un bosque me doy cuenta de que estoy en un bosque.
Es el lugar desde donde existimos.
3.1.2. El mundo que es revelado en el claro, aparece ante una mirada particular
Lo particular de esta mirada es que ella constituye a tal mundo revelado.

3.2. Concepto griego de verdad= αλήθεια.
[Cp. Veritas y ‘emunah’]
Después de contemplar la verdad, la olvidamos, queda en el pasado.
Hasta que volvemos a contemplarla. [Cp. Concepción circular del tiempo.]
Epifanía.

3.3. Otros conceptos de verdad:
Verdad como objetividad.
Verdad como intersubjetividad.

3.4. Heráclito.
Los primeros filósofos se preguntaron: cuál es el pricipio que compone a todas las cosas:
Tales: el agua;
Anaximandro: el aire;
Etc.
Parménides: el Ser: la esencia de las cosas es lo que no cambia.
Heráclito : el Devenir: la esencia de las cosas es el cambio. En el devenir universal, el λογος [logos], asociado al fuego en incesante movimiento, es lo que ilumina, haciendo aparecer las cosas.

3.5. [Concepto de claro que propone este texto.]
-El claro es el lugar donde se constituye un obervador genérico.[Cp. Aristóteles.]
-‘Genérico’= apunta a un observador que está definido por coordenadas, [tales que es el género de lo específico y el género de todos los géneros.]
-Es necesario pensar en un criterio genérico máximo, para pretender que hemos llegado a un claro:
esta matrix básica es la manera como los hombres se conciben a sí mismos:
esta manera determina el sentido que le damos al mundo, y por ende determina el sentido que el observador le da a su propia vida:
todo lo que uno hace en la vida es una ‘respuesta ontológica’ implícita a la ‘pregunta
ontológica’: “Qué es el hombre?”.
Por esto, dicha manera determina nuestra forma de ser en el mundo.
[Advertencia: ante la relevancia de la función cognitiva que aquí se ha expuesto, no olvidar que según este texto la cognición es una forma de acción y que el ser es posterior a la acción.]

-No es lo mismo ‘claro’ que ‘observador’.
Todo observador está en un claro, pero no todos los observadores son iguales.
El claro es el lugar desde donde me doy sentido a mí mismo y al mundo.
Heidegger: ya no cabe preguntar “Qué es el Ser?” sino que procede preguntar:
“Qué es el ser que se pregunta por el Ser?”, o sea el Dasein.



3.6. Consecuencias.
-La encrucijada ontológica es realmente otra [v. texto 01]
-esta encrucijada está en los pre-supuestos que nos llevarán a optar por uno de los tres modelos. O sea, el acto de elegir ocurre en el plano antropológico, y este acto está antes de la encrucijada.

3.7. El claro como forma de vida.
3.7.1. De lo anterior no hay que inferir que el claro enfatice lo cognitivo como constituyente de lo humano:
antes de pensar, el Dasein está-en-el-mundo, la existencia es anterior al pensamiento [cp. Descartes.]
El claro apunta a este estar en la existencia, ‘la vida’.
Y el coaching ontológico apunta a la posibilidad de vivir la vida de una forma diferente a lo que ha sido hasta ahora la vida de un individuo.
3.7.1.1. El sufrimiento.
En general, es inherente a la vida, sin embargo hay muchas formas de sufrimiento que no son necesarias, son evitables. [Ergo, si Ud. no las ha eliminado, es porque, de algún modo, Ud. ha elegido sufrir.]
La mayoría de nosotros somos incompetentes en el ‘arte de vivir’. Necesitamos ayuda, y para recibirla debemos aceptar que somos incompetentes [Cp. Bateson: cibernética del alcoholismo.]
3.7.2.-Si el ‘saber vivir’ sólo se ejecuta en el claro, entonces lo cognitivo juega su papel propio:
3.7.2.1. Lo cognitivo como aprendizaje:
es un nexo entre una vida deficiente y una vida plena.
Se espera que los alumnos no sólo sepan más cosas sino que vivan mejor.
3.7.2.2. Lo cognitivo como poder generativo de ideas [que a través de acciones generan existencia].
Un buen alumno es el que supera al maestro. [v. Confucio y Buda. ]

3.8. Vectores.
3.8.1. Tres Postulados.
3.8.1.1. Postulado 1 [v. pág. 90.]
El carácter relacional del lenguaje determina que sean las relaciones las que nos constituyan en seres humanos.
3.8.1.2. Postulado 2 [v. pág. 92]
La existencia humana consiste en conferir sentido.
Esta es una condición para vivir.
‘Observador’ es lo que ejecuta el acto de conferir sentido.
Por otra parte es a través del lenguaje que puedo actuar: mis acciones me constituyen y constituyen al mundo sólo a través del lenguaje.
En suma [para los dos postulados], el lenguaje determina: la relación, el sentido y la acción.

3.8.1.3. Postulado 3 [v. pág. 93]
Si bien existe una realidad exterior, no accedemos a ella directamente.
Accedo a las cosas sólo a través del sentido que les asigno. [ v. Kant]

3.8.2. Tres Principios.
3.8.2.1. Principio del observador. [v.pág. 94]
No es lo mismo una interpretación que la realidad objetiva.
Por esto, no soy dueño de la verdad:
Si olvido esto, genero sufrimiento a mí y a los demás,
Y me privo del asombro.
Este princio es fundamento del respeto.
Como se ve, el claro trasciende lo cognitivo y penetra en el plano de la ética.

3.8.2.2. Princio de la acción. [v.pág. 96.]
Sentido común: el ser es anterior a la acción, y la determina.
Ontología del lenguaje: el aprendizaje me permite actuar y la ación me cambia en lo que soy.
El ‘ser’ es sólo un recurso lógico para darle coherencia a las acciones.
Con el coaching ontológico se aprende a cambiar.

3.8.2.3. Principio del Sistema. [v. pág.98.]
La acción tiene condicionantes.
Los hay visibles y no visibles:
Los no visibles son el observador y el sistema.
La acción se encuentra con una doble determinación estructural:
La estructura de la unidad en cuestión,
La estructura del sistema al que tal unidad pertenece.

Sin embargo, podemos hacer cambios en ambas estructuras.

4. Conclusiones.
La ontología del lenguaje busca develar los fundamentos metafísicos del sentido común, y cambiarlos.
Hay que cambiarlos por ser un obstáculo a una vida con mayor plenitud.
La pregunta fundamental: Qué es el hombre?
La filosofía inició este cambio hace 200 años, pero la filosofía ha sido, asimismo, una actividad para unos pocos, separada del quehacer cotidiano.
Hoy la necesidad del cambio llegó ‘a la calle’:
La reflexión filosófica debe ser ejercitada por todo hombre.
El poder del claro ontológico debe estar al alcance de todos los hombres.


29.06.09.-

Semana 30.06/02.07.09.

Se colocará el contexto de la Unidad con los textos sobre el coaching ontológico, a través del capítulo I de: Por la Senda del Pensar Ontológico. Si nuevamente esta actividad no se puede realizar, sírvase leer privadamente el texto.

En aquellos cursos en que hay alumnos con proyectos de vida de mejor calidad, se puede comenzar de inmediato el capítulo II. Se les proporciona un resumen para el efecto mientras obtienen el texto completo.

(Gestione con el profesor un original para copiar, si Ud. no es ABC1, defecto importante pero corregible.)

Saturday, June 20, 2009

Semana 22/25.06.09.

Se inicia el tratamiento de una Unidad extensa, constituyente del fundamento de las Unidades de Ética y Filosofía Política que se tratarán ulteriormente.

Se utilizarán dos libros:

1.- R. Echeverría: Por la senda del pensar ontológico, Comunicaciones Noreste Ltda., 2007.
Del capítulo I, las páginas 51 a 56.
Capítulo II.

2.- R. Echeverría: El observador y su mundo,Comunicaciones Noreste Ltda., 2008, vol I, capítulos I y II.

Los textos del primero de estos dos libros, le significarán, más o menos, el 70% de su nota semestral.

Friday, June 12, 2009

Texto 05.

Profesor: Jorge Henríquez M.
Asignatura: Filosofía.
Contenido: Texto 05, M. Hopenhayn: Largo Viaje de un rockero ilustrado.
La mezcla Morrison.

En las páginas que siguen el autor desentraña un fenómeno muy
particular del rock de los años 60 en Estados Unidos —el de Jim
Morrison y los Doors—, que vuelve a desenterrarse hoy y recobra
una fama aún más extendida que en su momento original. El artículo
reconstruye el contexto político-cultural en que dicho fenómeno
aparece en su origen, y el lugar desafiante que en dicho contexto
ocupó la figura provocadora, reventada e ilustrada de Jim Morrison.
Se trata, probablemente, de la estrella de rock que a fines de los
sesenta sintetizó de manera más completa el rock de masas con el
discurso intelectual del cambio radical, la experimentación psicotrópica
con la búsqueda de nuevas expresiones en la música popular, la
literatura “maldita” y la biografía personal. Muerto a los 27 años en
una bañera de París, por efecto de la droga, el alcohol y un ritmo de
vida delirante, Morrison reaparece hoy en pantalla gigante y convertido,
más que nunca, en fetiche de consumo. ¿Conserva, hoy, algo de
la energía disolutiva que tuvo hace veinticinco años?

Prólogo
Por qué jugársela por estrenar en el 91 una superproducción
sobre la vida fugaz de Jim Morrison, uno de los mayores mitos del rock de
los ’60, lúcido entre los reventados y reventado ente los lúcidos? ¿Por qué
justo ahora, que el poder del rock es mucho más evocador que provocador,
más histriónico que agónico, más histérico que histórico? ¿Quién de los que
en este momento leen estas líneas estaría dispuesto hoy, a veinte años de
distancia y quizás cuántos de desencanto, a volarse con una película o un
festival rock “a nivel Morrison” con la expectativa de contagiarse allí de
algún virus de la metamorfosis, precipitarse hacia las fronteras de la subjetividad,
morir y renacer en algún otro descampado de la biografía?
¿Por qué reabrir el caso Morrison, someterlo nuevamente al juicio
público o al consumo de masas? ¿A qué se debe el retorno del rey del “acid
rock” en pantalla gigante, a veinte años de la muerte del dionisíaco, pélvico,
iluminado, esquizoide, lisérgico, blasfemo, pagano, etílico, erótico y tanático
Morrison en una bañera de París?
Vamos al contexto, al violentamiento, a la mezcla y, finalmente, al
final de la película.


I. EL CONTEXTO
Entre el 66 y el 69 los Doors tuvieron su edad de oro con Jim Morrison
a la cabeza. Al mismo tiempo que… los vuelos en LSD con visitas
incluidas al inconsciente freudiano, al inconsciente jungiano y a iluminaciones
parciales…; la epifanía hippie, tan vaporosa y radical a la vez, mezcla de
ingenuidad y profundidad que nunca acabaremos de rumiar…; la irrupción
de un nuevo protagonista para pivotear el cambio sociocultural —la juventud—,
en quien importaba mucho menos la inserción en el sistema productivo
que el arrojo para experimentar consigo mismo…; los proyectos utópicos
jugados en serio y en la inmediatez del presente, no como la coronación
definitiva del progreso, sino como una renuncia a todo lo definitivo…; el
rock como expresión de todo lo anterior, el rock como confluencia, el rock
como nuevo matrimonio entre el cielo y el infierno, como hilo conductor
entre la cabeza y las vísceras…; la interpelación crítica al sistema por donde
éste no se lo esperaba, la amenaza que violentó al Tío Sam de este lado de la
frontera, tanto en su propia cancha como en los pantanos de Indochina…;
la aventura de volver a fundar el mundo a partir de una febril interpretación
de los padres ilustres de la patria: Jefferson, Walt Whitman, Tocqueville.1
De lo cual se dedujo, siempre en libre interpretación…; el rechazo de
la sociedad organizad por infeliz —y también por inmoral—, y la idea de que
ya no queda más que elegir entre sistema y felicidad, mediocridad y lucidez,
continuidad o libertad…; la anchísima manga de la libertad en las formas
expresivas y en las normas para la vida, donde debían caber hedonistas,
psicóticos, oligofrénicos, místicos, obscenos, erráticos, reventados, juglares,
bufones, demonios y duendes, todos rebautizados como hippies, happeneres,
hijos de la flor, vietniks, peaceniks y beatniks.
De allí que entre el 66 y el 69 Jim Morrison y sus “Doors of Perception”
fueran más que explicables: ocuparon —¿o abrieron?— un hueco dentro
de un contexto o de una intersección precisa de sentidos. Este “contexto”
fue para Jim Morrison un tejido de muchos hilos, todos consagrados a
entrelazar el plano epidérmico de un hedonista irreflexivo con el vuelo intelectual
de un rockero ilustrado. El voraz lector adolescente tuvo, a los 14
años, el recién aparecido On the Road de Kerouac, publicado en 1957, como
libro de cabecera.2 Se desayunó con Nietzsche a los dieciséis (en quien
reconocerá su propio impulso dionisíaco y la fuerza disolvente del mismo);
y con Rimbaud y Blake y la conocida lista de malditos al año siguiente. De
los malditos es sobre todo Rimbaud quien extrae el imperativo de fundir el
arte con la vida y, en esa fusión, provocar la “alteración de todos los sentidos”
y el cambio de todas las estructuras. Jim se sentirá un poco enfant
maudit a lo Rimbaud. De Blake sacará la frase que retomó Huxley para titular
su viaje en mescalina y la usará para bautizar a la banda de los Doors: “Si se
despejaran las puertas de la percepción, cada cosa aparecería a la vista
humana como lo que realmente es: infinita”. Más tarde leerá a Norman
Brown para retener de su lectura este viaje por la mitología de las pulsiones
humanas, y la interpretación alucinada de las ontogénesis y filogénesis
freudianas. Seguirá con el sentido trágico de la existencia en los existencialistas
franceses, y descubrirá los ríos fluyentes de la conciencia en el Ulisses
de Joyce. Todo esto antes de pasar los 18. A la misma edad devora
libros ingleses de demonología de los siglos XVI y XVII en la Biblioteca del
Congreso, y queda marcado por las trayectorias alcoholizadas y castigadas
de Baudelaire, Dylan Thomas y otros lentos suicidas. Después de una exploración
abandonada de su propio pathos en el destino de otros, rematará
con el teatro de la crueldad de Antonin Artaud, base para el Living Theatre
que tanto marcó al propio Morrison varios años más tarde.
Seguimos. La marihuana, el peyote y el LSD entraron con tanta fuerza
en la vida de Morrison que no pueden comprenderse muchos temas clásicos
de los Doors, como “The End” o “Break on Through” o “The Crystal Ship” sin
este antecedente. La revuelta generacional y la “brecha de credibilidad” la
empezó a vivir Jim desde los 17 años, cuando la convivencia con un exitoso
oficial de marina que fue su padre, y con una madre que bajaba la línea en la
familia, resultó intolerable. La onda hippie entra a quemarropa en Morrison
justo en sus comienzos con The Doors, partiendo por la vida-plena-pura-sinproyección
en Venice, el balneario de Los Ángeles donde “todo pasaba”,
donde Morrison inventaba películas buscando su voz poética entre las ruinas
de Blake, y donde a partir de un encuentro de volados con Ray Manzarek
nació la iniciativa de formar una banda de rock. Curiosamente, hasta ese
momento Morrison jamás había cantado en su vida: podía verse a sí mismo
como poeta, actos o cineasta, pero no se imaginó que su gloria estaría detrás
de un micrófono. Inmediatamente después, el sincrónico aterrizaje de los
Doors en el legendario “Happening Human Be-In” en el Golden Gate Park de
San Francisco a comienzos del 67, evento que marca la largada con tuti de la
revolución de las flores y la erupción de los sentidos.3 Entre tanto, la simbiótica
contemplación de los hitos europeos de la época, como “Hiroshima, mon
amour” de Alain Resnais y “La dolce vita” de Fellini; un interminable viaje a
dedo desde Florida hasta Arizona antes de cumplir los veinte años, pasando
por México y poblado de enredos con la policía del medio oeste, con las
ninfómanas de autopista y los licores que ahogan la noche en Texas. Más
tarde, un viaje mítico al desierto de Arizona para abrazar ese raro panteísmo
que funde a Rimbaud con los indios del mezcal, y para realizar con sus
compañeros de los Doors (Ray Manzarek en teclados; Robby Krieger, en
guitarra eléctrica; John Densmore, en batería) un ritual iniciático con el peyote.
Una poligamia asumida desde siempre y nunca cuestionada. Doscientas
cincuenta dosis de LSD consumidas en menos de cinco años (puede ser una
fanfarronada, pero calculemos al menos la mitad); un discurso que desafía la
autoridad por todos lados, y que se expresa en letras de canciones, en
recitales más allá del límite de la ley y en un reviente que violenta cualquier
sentido de la supervivencia.
Todo esto es parte del contexto y de la biografía de Morrison, la
argamasa para su mezcla y para el mito de los Doors. Pero hay más: Morrison
es desde muy temprano un miembro honorario del club de los “noístas”: los
que dicen no, los que chocan con un triple no, los que arman su carpa en
medio de noes. Los no-burgueses, no-blancos, no-protestantes, no-trabajadores,
no-pulcros. Parten ya en los ’50 con la angry generation incubando la
nueva sensibilidad y Dylan fugándose de su casa como si fuese un personaje
de Salinger. Eldrige Cleaver —Dios Negro perdone hoy su vuelta de tuerca
neoliberal, su sorpresivo blanqueo espiritual, su misteriosa muerte— denunciaba
a los blancos no por imponer sus héroes, sino por perderlos y verlos
convertidos en villanos. La resistencia negra se convierte en una pantera que
ataca y embellece a la vez. La visceralidad del rock de los ’60, tiene una clara
raigambre negra, y se hace evidente en la influencia de Moody Waters sobre
Mick Jagger y los Rolling Stones. El rocanrol emerge de entre las raíces negras
del blues y las del blanco pobre del country, fusionando los excluidos de la
claridad y los sumergidos en la penumbra. El espíritu errante de los sumergidos
y marginales encarna en rockeros y blueseros de los ’60: Dylan y Morrison
abandonan el hogar muy temprano para errar por las carreteras, y Janis
Joplin sale de un pueblo de Texas a los 17 para cantar blues en los bares a
cambio de una copa de alcohol. Jack Kerouac busca recuperar la intensidad a
través de lo sumergido, en lo no blanco, en lo no gringo, al punto que el
personaje de “On the Road” exclama: “Me gustaría ser un negro, pues siento
que lo mejor que me ofrece el mundo blanco no es suficiente éxtasis para mí, ni
suficiente vida, alegría, emoción, oscuridad, música, noche”. Lo dionisíaco se
vislumbra con el imperativo de la intensidad a cualquier precio, y se sitúa en
los márgenes de la sociedad opulenta. Y cuando más paganos los márgenes,
más cerca de la verdadera vida.
El noísmo empieza a asomar en lo que será su conductor predilecto,
el rock, echando sus bases en este simulacro de la negritud que será más
una inversión de sentido que una invención, más un exorcismo que una
representación: “No se puede pensar en rock sin evocar la imagen de aquellas
infinitas máscaras negras que se puso el blanco, en el proceso evolutivo
de la sociedad norteamericana, invirtiendo en el plano psicológico la
ecuación dominador/dominado”.4 A la negritud como “estado revulsivo del
alma” se acopla la juventud como el contrapoder emergente en la cultura.
Desde “Elvis the Pelvis” en adelante, el rocanrol tendrá como imaginario la
sensibilidad “tapada” y la voluntad autoafirmativa. El rock se hace parlante
del noísmo: irrupción de la diferencia donde se reúne la negritud como un
“estado-otro”, y la juventud como el “actor-otro”. Ya en los grupos de rock
de los ’60 son jóvenes tocando para jóvenes, y el promedio de edad de los
líderes del rock oscila entre los 22 y los 23 años, la edad que tenía Morrison
cuando los Doors saltan a la escena pública en el 67. A partir del 65 Dylan y
los Beatles tejen una nueva alianza: la de la juventud rockera y la intelectualidad
de gauche. En esos momentos el rock legitima y profundiza la crítica
de la intervención norteamericana en Vietnam, el movimiento por los derechos
civiles, la liberación de las relaciones sexuales, la “brecha de credibilidad”
y la “brecha generacional” en Estados Unidos. La atmósfera de transformación
social y moral penetró en la música, y los mensajes contestatarios
se difunden vertiginosamente a través de la propia industria cultural y el
consumo masivo. Visceralidad y cultura, impulso del rock con repulsa del
conformismo, transgresión y emancipación. Y la conciencia individual se
perfilaba como el lugar privilegiado de una mitificada liberación social.

Tres irrupciones del rock en los ‘60
Primera irrupción: una experimentación con el propio cuerpo. A través
de un componente orgiástico en el baile se reconocen los “pares” en el
desdibujamiento de los contornos del cuerpo propio, la epifanía de lo negro-
pagano en el rock, en su ritmo, en la visceralidad de un bajo tribal y de
los punteos de la guitarra, en las voces aguardentosas y antirrefinadas,
todo esto “sentido” en el cuerpo y en la sangre.5 No hay regla para bailar el
rock, salvo la experiencia del propio cuerpo despertando y viéndose a sí
mismo en esa inmediatez del despertar. El rockero (músico y auditor) se sabe
“poseído” por momentos y lo expresa mediante un cuerpo exorcizado por
un baile ritual que a la vez carece de todo canon. He ahí la irrupción: una
“ritualidad libre”. El cuerpo se sabe libre en la comunión del rock. Nadie
juzgará el modo de bailar más que por la intensidad en la posesión de la
música sobre los cuerpos. “Políticos eróticos es lo que somos”, declaraba
Morrison. “Canto con mi voz y con mi cuerpo, con mi sexo, canto con todo
mi ser”, proclamaba Janis Joplin. Y Mick Jagger confesaba a su vez: “Uno
siente la adrenalina que sube por el cuerpo. Es algo muy sexual, y la energía
parece transbordar de aquellos públicos inmensos y delirantes de Nueva
York, Chicago o California”.6
Es la forma más directa de apropiación de la negritud por parte de la
juventud: por las vísceras. Por medio de esta apropiación lo blanco quiere
hacerse “carnalmente libre”. No como simulacro sino como contagio. Mick
Jagger, John Mayall, Clapton y los Bluesbreakers, así como The Animals y
los Rolling Stones, se inspiran en Muddy Waters y en toda la tradición del
viejo blues negro de Chicago. Y allí va a radicar un componente en la mezcla
Morrison, donde el ilustrado de la izquierda crítica y el rockero con la víbora
negra en las entrañas se condensan en una sola voz: el dadaísmo se paganiza,
la negritud conversa con Rimbaud, la crítica marcuseana se formula con
un desenfadado movimiento de pelvis. Ya volveremos sobre este componente
en la mezcla Morrison.
Segunda irrupción: el rock se ve a sí mismo, desde 66 hasta entrados
los setenta, como agorero y catalizador del cambio de las estructuras básicas
de la sociedad industrial-capitalista, y como detonante contra los
símbolos represivos y autorrepresivos del “American way of life”. Mike
Lang, el principal organizador del festival de Woodstock, respondía en una
entrevista televisiva que la música nunca había alcanzado tal grado de compromiso
social. En 1970 un grupo de violencia revolucionaria hizo detonar
bombas en grandes transnacionales con sede en Nueva York, autoproclamándose
la Fuerza Revolucionaria Nº 9, nombre inspirado en una canción
de los Beatles. Y al lado de un capitán del ejército norteamericano que
afirma que el rocanrol contribuye al empleo de drogas y también a la alta
incidencia de enfermedades venéreas entre los reclutas, está el joven radical
que dice: “El rock no es un simple himno de guerra o un fondo musical
como lo fue ‘La Marsellesa’ para la Revolución Francesa. Para nuestra ge-
neración, el rock es la revolución”.7 El rock marca la irrupción de lo popular
como revolucionario al interior de una cultura donde lo popular era la complacencia
gregaria y estaba envuelto por la estética de la emulación. La
música pasa de un romanticismo falso o de un optimismo hueco a una
autoafirmación que rebasa los límites del individualismo “tolerable”. Deja de
ser un componente de la cultura y pretende convertirse en un nuevo fundamento
para la cultura. De coronar un mundo en glorioso progreso material,
la música popular pasa a socavar ese mundo mostrando la mediocridad que
subyace a la gloria. En esta irrupción la mezcla Morrison va aún más lejos:
teje el puente entre esta crítica-rock y la crítica de las bases mismas de la
modernidad. Sobre eso también volveremos más adelante.
Tercera irrupción: en el rock emerge un aire pagano, o bien potencia
el paganismo de los blues-negros y de la música country de los blancospobres.
Este paganismo campea en varias de sus manifestaciones: en el
envolvente clima tribal que late por debajo de algunos de los conciertos de
rock; en la atracción por lo dionisíaco, lo satírico e incluso por el sacrificio
entre las estrellas del rock y entre los que se tomaron el rock en serio (las
muertes de Hendrix, Joplin y Morrison tienen algo de sacrificio en la representación
que luego hizo de ellas el imaginario-rock), y en un panteísmo
difuso pero persistente, que tiene mucho que ver con las experiencias lisérgicas
en las vidas, en la música y en las letras del rock a partir de 1967. En
este aspecto la entrada de Morrison es tal vez la más decidida, consciente y
terminal.
En esta marea se levanta el mito de los Doors y, sobre todo, el de
Morrison. Lo que hay de propio en la apropiación que Morrison hace de
este contexto esbozado en las páginas precedentes es la materia de las
páginas siguientes.

II. PRIMER ELEMENTO DE LA MEZCLA:
EL VIOLENTAMIENTO-MORRISON Y SUS GESTOS DISCURSIVOS
Morrison violenta por todos lados. En las letras de sus canciones,
en su poesía, en sus relaciones más estrechas y en los conciertos de rock.
Toreo con la autoridad, reto al conformismo, sátira de las costumbres. Tensa
las situaciones para exponerlas en todo lo que ellas pretenden atenuar.
Así interpela.
La violencia ejercida por Morrison puede agruparse en dos gestos
discursivos:8 el gesto obsceno y el gesto dionisíaco. A través de estos dos
gestos Morrison ofende, transgrede y destapa el orden normativo que impugna.
Gestos complementarios, paganos, disolutivos. Ni la cultura ni la
contracultura quedan a resguardo de este violentamiento.
El gesto obsceno
El recurso a la obscenidad para “deshipocritizar” la cultura ya se
había puesto en marcha en la onda beatnik y el angry generation e incluso
más atrás, con el estallido de indignaciones y prohibiciones provocadas por
Henry Miller y sus Trópicos. La obscenidad pone sobre la mesa la incoherencia
entre el hedonismo funcional, del cual la sociedad de consumo no
puede prescindir si aspira a perpetuarse, y la moral de contención que opera
como resorte psíquico de la acumulación capitalista. La obscenidad es la
puesta en evidencia de ese desajuste, la hipocresía revelada como caricatura.
Lo obsceno no es el gesto mismo de interpelación, sino el efecto que
produce en su desenmascaramiento, la mueca viscosa de un hedonismo
furioso entrelazado en las patas de Calvino, el absurdo de la sociedad opulenta
que requiere conjugar la disciplina de la autocontención con la perversión
polimorfa. Es en este efecto irónico donde la interpelación obscena
desmonta la moral burguesa. No es casual el efecto que a mediados de los
’50 produjo la llegada del rocanrol con toda su carga de sensualidad. El tan
mentado movimiento pélvico de Elvis Presley fue el primer anzuelo musical
puesto en la boca de la moral gregaria: de una parte el rocanrol ofrecía
melodías que por su ritmo contagioso y sencillo eran muy apetecibles por la
industria cultural del momento; pero de otra parte su carga de visceralidad
resultaba demasiado viscosa para el espíritu aséptico y moralista que imponían
los mass-media
Esta misma tensión será recuperada por Morrison y llevada al umbral
de la “transgresión tolerable”. El caso límite es el del concierto ejecutado
por los Doors, en Miami en 1969, donde Morrison lleva al extremo la invocación
de Eldrige Cleaver al recontacto corpóreo por vía del rock, y simula un
acto de masturbación que le costará un engorroso proceso judicial con los
cargos de actitud lasciva, exposición obscena y profanación. En esto el
modelo, más que Presley, es Mick Jagger de los Rolling Stones. Piénsese,
por ejemplo, en el tema “I Can’t Get No Satisfaction”, y en la reacción a los
Rolling Stones, en Londres en 1964, cuando la célebre revista Melody
Maker interrogaba amenazante a sus lectores: “¿Dejaría usted a una hermana
suya salir con un Rolling Stones?” Ilustrativa forma de acusar recibo:
devela un orden simbólico marcado por la decencia de la familia y el control
de sus cuerpos.
En este contexto lo obsceno en Morrison es una forma de confrontación
cultural: frente a una cultura de masas que ha sido sordamente
represiva en sus formas de desublimación, la individuación del propio
cuerpo —como visceralidad, como inmediatez sin autocensura— provoca
en el espacio público un efecto de obscenidad. La obscenidad de Morrison
plasma en el tiempo que se toma sobre el escenario para escenificar la
invitación al placer fálico y anal, la insistencia con que el ídolo de masas
persiste en la transgresión del libreto, la desmesura con que dilata la procacidad
y que puebla el espacio público con una consistencia “viscosa”, lo
“sobrepuebla”, lo extrovierte, en fin, torna “inoperante” la desublimación
represiva. En ese límite el sex-symbol y el ídolo rock ya no sirven para
canalizar energía reprimida; ese “tiempo excesivo” sólo permite desbordar
esa misma energía, hacerla irreconciliable por todos lados. “Profanación” es
el rótulo impuesto por la prensa y la ley del estado de Florida a la irrupción-
Morrison, a su invitación al placer-por-su-nombre. Y dos años antes del
escándalo de Miami, Morrison ya había sido agredido y expulsado por el
propietario del “Whiskey a Go-Go”, de Los Ángeles, por introducir en un
clásico tema (“The End”) el leitmotiv freudiano de Edipo: el asesinato del
padre y la copulación con la madre.
La obscenidad será siempre un convidado de piedra en las exposiciones
públicas de Morrison. Siempre rondará, en la antesala, la duda acerca
del cuánto y el cómo de esta obscenidad en la presentación por venir. El
propio Jim, dotado de vastos recursos histriónicos y una buena formación
teatral y cinematográfica, probablemente dominaba esta tensión más de lo
que se creía. La interpelación obscena tendrá en Morrison, como componente
principal, la imprevisibilidad respecto de su “output” cada vez que
dicha obscenidad entra en escena y sale al espacio público. Esta combinación
provee una clave respecto de este dispositivo de interpelación obscena
al statu quo, a saber: que la obscenidad sólo constituye una interpelación
amenazante cuando su exposición no está previamente pautada en
cuanto a sus límites, vale decir, cuando supera un cierto umbral de incertidumbre.
La lógica del espectáculo de masas queda entonces rebasada por
un “recalentamiento” de la individuación, y este desnivel es precisamente el
lugar de lo obsceno en Morrison. En una cultura del espectáculo y del
simulacro, y donde conviven el fetiche hedonista con el modelo disciplinario
del self-made man, Morrison produce este desnivel. Sólo cuando la
transgresión rompe el límite del espectáculo —cuando se hace imprevisible
en el alcance de sus manifestaciones y en el contenido de su discurso—
se convierte en obsceno, vale decir, en una forma no digerible de
transgresión. Y la lucha contra el conformismo obligará al propio Morrison
a extremar estas manifestaciones conforme el propio sistema vaya expandiendo
las fronteras de lo tolerable y lo previsible.
Si el gesto obsceno constituye una señal distintiva de Morrison, el
consumo simbólico de masas lo reducirá, a pesar suyo, a la figura del sexsymbol.
Pero este mismo destino alienado de su interpelación obscena pone
al descubierto la otra obscenidad, a saber, la del puritanismo hipócrita de
los mass-media que siempre inventan alguna forma trasvestida de “happyend”
para imponerse. La contradicción entre hedonismo y contención quedará
disimulada en el fetiche erótico que aplaca el fantasma del cuerpo
indómito.
Pero lo obsceno apunta no sólo a poner de manifiesto la inconsistencia
del sistema entre sus vertientes hedonista y puritana, sino también
exterioriza lo que está simultáneamente contenido y silenciado en dicho
sistema. Sugerentes son al respecto las imprecaciones del poeta Malay Roy
Coudbery, publicadas en enero de 1967 por Los Angeles Free Press, la
publicación del underground que en ese entonces Morrison leía con tanta
efusión: “Me complaceré en la obscenidad, porque arruinaré y destruiré
todas las distinciones de clase en el lenguaje (…). La obscenidad es un
prejuicio de la burguesía que teme la invasión de la más fuerte cultura de los
estratos inferiores (…). Seguiré defendiendo a la obscenidad hasta que
haya obligado a la sociedad a adoptar el vocabulario total del ‘hombre’”.
En este mismo sentido, el efecto-Morrison es el de La manifestación
de lo silenciado. No es casual el recurso a un paganismo sui generis, sobre
todo en la fugaz obra poética de Morrison, así como el tono pagano que
imprime en los conciertos.10 La versión libre del paganismo opera como
portavoz de fuerzas silenciadas. Ya el rock tiene, de por sí, bastante de
pagano: en el ritual de comunión seudodionisíaca en los conciertos (con
algo del Potlach de las sociedades primitivas, pensemos la analogía entre el
rito primitivo de la destrucción de bienes por parte del jefe del clan con los
músicos rockeros rompiendo instrumentos en el escenario y arrojando sus
trozos al público enardecido), en el panteísmo contemporáneo que propone
o sugiere, en una repulsa casi mística a la moral puritana de las Iglesias
oficiales, en su espiritualización de caos, en su espurio orientalismo. Morrison
lleva esta tendencia a un extremo poco común. Carnaliza el espíritu y
espiritualiza la carne, escenifica lo oculto, “desdisimula”: quiere inundar la
modernidad con paganismo.
La obscenidad se hace difícil de neutralizar en tanto liga el desenfado
erótico a un simulacro de iluminación. Temas musicales como “The End”
fusionan un clima poético de iluminación subjetiva con diatribas contra el
padre, pulsiones incestuosas e invitación a la psicosis. (“Los niños están
todos psicóticos”, “Papá, quiero matarte”, “Mamá, quiero fornicarte”, etc.)
La obscenidad encarna en la imagen del “profeta procaz”. Morrison es a la
vez lascivo y puro, demonio con ángel, filoso y fluido, y en esa mezcla saca
a la luz pública las fuerzas más oscuras: la inconexión psicótica, la asociación
libre llevada al límite de la grosería, el desatino, la desvergüenza, el
desenfado, la pérdida de todo sentido del ridículo. El escenario —el onstage—
es el lugar para hacerlo, el templo del ritual pagano. “El único momento
en que realmente me abro —decía Morrison— es en el escenario; la máscara
de la actuación me lo permite, un lugar en que al ocultarme puedo revelarme”.
Lejos del modelo secularizado que pretende fundamentar la libertad
sexual mediante un discurso psicologizante, Morrison moraliza el placer,
exhorta a su uso como un predicador invertido. No desacraliza, sino que
sacraliza lo pecaminoso o lo reprimido. La obscenidad recae en esta inmediatez
de un goce polimorfo invocada por el “niño-bonito”, el “niño-brillante”,
el “niño-sensible”. Como Georges Bataille, la “puesta en ruido” de lo
que se hace en silencio, la puesta en luz de lo que se practica a oscuras.
10 En el libro póstumo de poesía, The American Night, Morrison retoma el
tema nietzscheano de la muerte de Dios pero como un momento sagrado, de plena
libertad y florecimiento de “personas divinas”. El libro está plagado de sugerencias de
corte pagano: sacrificios humanos para alentar una nueva religión, divinización del
sexo, hedonismo trascendente, etc.

El gesto dionisíaco
Otro gesto discursivo de Morrison se inscribe en el movimiento de
“expansión de la conciencia” que acompaña todo el movimiento musicalcultural
de fines de los ’60 y comienzos de los ’70. “No impedirás a tu
prójimo alterar su conciencia”, proclamaba el gurú-terapeuta del momento,
Timothy Leary. Y el crítico de cine de Los Angeles Free Press señaló alguna
vez: “Si los Beatles y los Stones están ahí para hacer estallar tu mente, los
Doors están para después, una vez que tu mente ya se ha ido”. Morrison
dijo alguna vez, emulando a Blake: “La poesía abre todas las puertas. Puedes
pasar por cualquiera de ellas que te acomode”. Y lo que es más “rimbaudiano”:
“Yo no saldré … tú debes venir a mí … aquí donde yo construyo un
universo dentro del cráneo para rivalizar con lo real”. Varios fenómenos de
la época convergen en este imperativo de expandir las fronteras de la percepción:
la revolución hipercreativa de las formas de la música popular, el
boom de las psicoterapias humanistas y un freudismo pasado por el filtro
libertario de Marcuse y Norman Brown, el teatro experimental y sus happenings,
el consumo intensivo de alucinógenos con fines de aprendizaje y
autoexploración (“Las drogas son una apuesta con tu mente”, señala Morrison
en un poema de Wilderness), y los grandes festivales musicales utilizados
como experiencias de comunión de masas.11
En esta confluencia los Doors establecen vínculos de identidad, síntesis
y diferencias. De una parte, quedarán ex post catalogados como el
grupo pionero del “acid-rock”. En el árbol genealógico del Pop, Albert Raisner
ubica a los Doors en el centro del “acid rock”, como grupo del underground
psicodélico. El ritmo lento y aletargado, armonías que suenan irreales,
timbres nuevos, canciones de larga duración, son elementos propios de
las primeras formas del “acid rock”, desde los Doors hasta Pink Floyd: “Para
los creadores de “acid rock” se trata de saltar hacia los paraísos artificiales
con los cuales enriquecer la vida cotidiana de ellos y de los demás”.12 El
mismo nombre del grupo The Doors es indicativo, pues nace del conocido
poema de Blake tantas veces citado por Morrison (“Si las puertas de la
percepción se limpiasen, todo se le presentaría al hombre tal como es de
verdad: infinito”). Morrison mismo habló recurrentemente de su voluntad
por extremar los límites de la percepción y “pasar al otro lado”.13 Ray Manzarek,
el tecladista de los Doors y arreglador del grupo, lo llamó alguna vez
el “chamán eléctrico”, cosa que a Morrison no le desagradaba en absoluto
como imagen mistificada y pagana de sí mismo. Un pasaje de su prosa
poética resulta llamativo en este punto: “En la sesión, el chamán conducía.
Un pánico sensual, deliberadamente evocado por medio de drogas, cánticos,
danzas, lleva al chamán al trance. La voz cambia, el movimiento es
convulsivo. Actúa como un loco. Estas histerias profesionales, elegidas
precisamente por su aprendizaje psicótico, eran dignas de estima. Mediaban
entre el hombre y el mundo espiritual. Sus viajes mentales formaban el eje
de la vida religiosa de la tribu”.14
Los Doors operan también como síntesis entre una experiencia de
masas y una propuesta crítica-ilustrada. Por un lado, Morrison estaba imbuido
en el discurso del underground psicodélico ilustrado, del pop culto,
desde Andy Warhol hasta el Living Theatre, pasando por Timothy Leary,
Norman Brown y Allen Ginsberg. También podía hacer de puente entre el
rock y la nueva izquierda “radical” de Jerry Rubin y de los antipsiquiatras
ingleses.15 Por otro lado, los conciertos de los Doors y su impacto en el
mercado discográfico constituyen un fenómeno multitudinario. En esta síntesis,
Morrison es el rock y a la vez el discurso sobre el rock, consumido por
adolescentes de clase media y supervalorado por la nueva izquierda y la
nueva estética: el vaso comunicante entre el Village y el Madison Square
Garden, la fusión de la política radical con una radicalidad transpolítica, el
rockero y el poeta. El célebre poeta inglés Michael McClure, con quien
Morrison tuvo encuentros poéticos y trasnochados, señaló algunos años
después de la muerte de Morrison: “No conozco poeta que lo supere dentro
de la generación de Jim. Pocos poetas han sido figuras públicas o animadores
de tal envergadura”.16 Las declaraciones de Morrison en las entrevistas
ilustran este puente entre el poeta maldito, el radical ilustrado y el ídolo de
masas. Hacia fines del 66 —por tomar un ejemplo— declara: “Siempre me he
sentido atraído por ideas relativas a la revuelta contra la autoridad: cuando
te reconcilias con la autoridad, te conviertes en una autoridad. Me gustan
las ideas que promueven la ruptura y el desborde del orden establecido. Me
interesa todo lo relacionado con la revuelta, el desorden, el caos y, sobre
todo, la actividad que parece carecer de todo sentido”.17
Sin embargo, Morrison también introduce fisuras en este juego de
identidad y de síntesis entre rock de masas, expansión de la conciencia y
radicalidad culta. Su “gesto dionisíaco” tiene un efecto disolutivo que
transgrede incluso las contrarreglas de hippies, antipsiquiatras y radicales.
En este sentido Morrison está más cerca de Mick Jagger y los Rolling
Stones que de John Lennon y los Beatles.18 Entra en la lista de los malditos
del rock y los que mueren reventados: Lenny Bruce, Brian Jones, Jimmy
Hendrix y Janis Joplin. Su propia poesía muestra la veta disolutiva con giros
tales como “cuánto más se extrema el cuerpo más fuerte crece el espíritu”, y
referencias a sueños calientes, danzas febriles, libertad con locura. Son ilustrativos
algunos trozos de uno de sus libros póstumos de poesía. En Wilderness
encontramos un breve poema de resonancia dionisíaca: “Las políticas
del éxtasis son reales/ Acaso no las sientes trabajando dentro tuyo/
haciendo de la noche el día/ mezclando sol con mar”.19 Otro de los libros
póstumos está poblado de sugerencias dionisíacas: lujuria en las calles,
burla luminosa, temperamentos inflamados, bacanales de liberación.20 Dionisos
vs. Tío Sam es la pugna que subyace a muchos de los poemas en este
1991).
texto. Y en su obra poética más influida por Blake y Rimbaud las resonancias
dionisíacas son muy marcadas: “Todos los juegos contienen la idea de
la muerte”, o “el miedo y la atracción de ser deglutidos”, o “libre para
disolverse en la vorágine estival”, o la pregunta “¿Qué sacrificio, a qué
precio puede nacer la ciudad?”.21 El panteísmo urbano-moderno aparece
por todos lados en esta primera obra poética de Morrison. La máxima de
Blake según la cual “el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”,
y el llamado de Rimbaud a la “desorganización de todos los sentidos”,
repican como una mantra en la cabeza de un Morrison marcado por ambos
poetas. Y su juego de fundir sangres con su refinada amante Ingrid Thompson
no es casual, si se recuerda que antes de los 20 años Morrison se
encerraba en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos a devorar libros
de demonología en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII, y a demostrar que
Geronimus Bosch era miembro de la secta hereje de los adamitas. Todo esto
es congruente con el tipo de conciertos que dieron a los Doors una reputación
poco moral: performances en el escenario con alucinógenos en los
bolsillos y en la cabeza, simulaciones onanistas con ajustados pantalones
negros de cuero, e invitaciones a la comunión orgiástica.
Si el gesto obsceno irrumpe desde Morrison como individualidad
viscosa, el gesto dionisíaco lo hace como amenaza a la individualidad. El
Dionisos de Morrison cancela cualquier posibilidad de individuación. En la
literatura norteamericana está pendiente hacia la disolución, que de manera
efectiva o virtual en la muerte; está más cerca de Borroughs que de Ginsberg.
La invitación a este tipo de lucidez que desemboca en la disolución no
sólo atenta contra el espíritu de la modernidad establecida, sino también
contra la crítica de la modernidad que en los ’60 se consagraba en el arte, la
cultura crítica y la psicoterapia experimental. Una vez más, exceso de paganismo.
Los valores emergentes de “crecimiento personal”, autenticidad, o
revolución en la organización social no sobreviven en el gesto dionisíaco:
son arrastrados también por la tendencia fusionante-disolvente del gesto.
¿Significa esto que el gesto dionisíaco de Morrison es contraproducente
también para la “izquierda crítica”? ¿O esta insubordinación, que incluso
transgrede el discurso del neohumanismo de los sesenta, implica, por
el contrario, una fuerza más radical todavía?
Difícil dilucidarlo. Si se trata de radicalidad, la revuelta de los sesenta
no fructificó en la utopía albergada en su esperanza. En parte, cayó en la
trama de desublimación represiva advertida por Marcuse; en parte, se institucionalizó
en los márgenes del statu quo, y en parte, también, modificó la
sensibilidad gregaria. Morrison también fue fetichizado por los mass-media
y la cultura del consumo, y sobre eso volveremos más adelante. Pero hay en
su fugaz trayectoria un gesto dionisíaco que permanece insumiso y extraño.
Las imágenes que se le repiten algo parecieran indicar, si bien de manera
difusa: los indios desangrándose sobre una carretera de Nueva México; las
colegialas “violadas en edificios de verano”. La cotidianeidad se inunda
con pequeños apocalipsis. “Cada día como un viaje a través de la historia”
evoca en uno de sus poemas. Lo dionisíaco aparece como una escatología
incesante, pero sin final. Desplazado de su escena ancestral y llevado a los
tiempos de Morrison, el gesto dionisíaco se convierte en un curioso gesto
de disolución: aniquilamientos virtuales, fusiones casi histéricas. Pero la
histeria ya no como materia de disquisición clínica, sino como materialización
de una energía a-social, puesta en marcha de un movimiento colectivo
sin actor colectivo. En esta figura, la radicalidad ya no apela a la utopía de
las “potencialidades humanas”: el gesto dionisíaco está mucho más acá o
más allá de la cuestión de las potencialidades, hace referencia al absurdo de
todo ordenamiento humano y a la arbitrariedad de cualquier lógica social. La
invitación a una fusión sin reserva, sea o no tomada en serio por la masa
que presencia, afirma por sí misma una incontestable veracidad del caos. El
festín de Morrison disuelve el orden de lo social en el caos de los impulsos
polimorfos, donde hay tantas verdades como delirios posibles. Las usinas
humeantes del deseo muelen cualquier realidad que se pretenda claramente
comunicable o normalizadora, cualquier logos cultural o contracultural. Uno
de los poemas en el Wilderness de Morrison ilustra esta imagen de caos
dionisíaco: “Vuelve a entrar en el dulce bosque/ Entra en el sueño caliente,
ven con nosotros/ Todo está despedazado/ y baila”. Caos significa aquí un
orden que evidencia su capricho original, vale decir, la evidencia de que
cualquier orden puede verse como el mero relato de un orden entre otros,
apenas descriptivo y, por lo tanto, perfectamente prescindible.
El gesto dionisíaco produce este efecto. Es allí donde la disolución
opera, a la vez, con mayor levedad y resolución. La danza desordenada de
Morrison sobre el escenario, la integridad siempre a punto de quebrarse, la
confusión de las tantas figuras que encarna casi simultáneamente, las verdades
que se devoran unas a otras, la borrachera mental que ya no puede
separarse de la borrachera de la realidad: todo importa y nada importa. Dionisos
ilumina pero a la vez incendia cualquier pretensión iluminista. No hay
direccionalidad, no hay fundamento, no hay razón. Todo se pegotea con
todo y, por lo mismo, nada con nada. Sólo esa apariencia de locura puede
tocar una esencia de la libertad, en cuanto mezcla las descripciones del
mundo, rompe la ilusión de un sujeto trascendental y de un mundo suscep18
tible de descripciones únicas: “No estoy loco, decía Morrison, lo que me
interesa es la libertad”.
El gesto dionisíaco de Morrison es, por lo tanto, contra la modernidad,
incluida la de izquierda y la modernidad autocrítica. Lo dionisíaco es la
imposibilidad de sujetos constituidos y diferenciados, la pulverización de
un mundo moderno que jerarquiza consumidores y consumidos, observadores
y protagonistas. Es también la imposibilidad misma de los mass-media
como productores de una vida vicaria para sus consumidores (en la televisión,
en el cine, en el teatro, en la novela, en la figura de los ídolos y los
personajes). Nada lo ilustra mejor que la visión que Morrison entrega de la
modernidad en su primera obra poética: “La jerarquía de los hombres entre
actores y espectadores es el hecho básico de nuestro tiempo. Estamos obsesionados
con héroes que viven en nuestro lugar y a quienes castigamos…,
nos conformamos con lo ‘dado’ en la búsqueda de nuestras sensaciones.
Nos hemos metamorfoseado desde un cuerpo enloquecido que
danza en las colinas en un par de ojos que observan en la oscuridad”.22
Dionisos contra una modernidad “voyerista” condenada a las distinciones:
“En mayor o menor medida todos padecemos la psicología del voyerista. No
en un sentido estrictamente clínico o criminal, sino en toda nuestra postura
física y emocional ante el mundo. Cada vez que buscamos romper este
dictado de la pasividad, nuestras acciones son crueles y torpes y generalmente
obscenas, como un inválido que ha olvidado cómo caminar”.23 El
Dionisos de Morrison se vuelca también contra todo discurso crítico que
incurre en la lógica del “vampiro callado” del voyerista: Dionisos experimenta,
el crítico observa. Disolución de la modernidad como jerarquía de actores
y de observadores. Llámese paganismo contemporáneo, panteísmo libertario,
escatología urbana. “Trata de incendiar la noche”, dice la canción.
El gesto dionisíaco marca la distancia, disolviendo toda distancia
entre el observador y conformista y su imagen, y entre el observador crítico
y su objeto. Morrison sintetiza la contracultura pero también la rebasa. Va
más allá, a la oscuridad de las mezclas, a la densidad de las enloquecidas
transfiguraciones. Pagano, demasiado pagano.
Gesto obsceno y gesto dionisíaco: individualidad viscosa y disolución
de identidad son dos operaciones en las antípodas, pero ambas violentan
la modernidad y la crítica de la modernidad. La obscenidad destapa la
zona oscura del individualismo y le obstruye su regreso a la sociabilidad de
masas. La invocación dionisíaca apunta al otro extremo de la penumbra,
destapa lo que las masas más temen de sí: la caída sin retorno a la reconstitución
de un sujeto. La modernidad queda en jaque a dos puntas. La mezcla-
Morrison no es sólo un par de gestos discursivos: es la inviabilidad de
cualquier otro gesto que le sobreviva. ¿Quién podrá defenderse de esta
astucia del paganismo?


III. SEGUNDO ELEMENTO DE LA MEZCLA-MORRISON:
ENTRE EL SHOW DE LA TRANSGRESIÓN Y
LA TRANSGRESIÓN DEL SHOW
Morrison trata de abrir una fisura en la “desublimación represiva”
que Marcuse, en la misma época, tanto imputaba a la acción del sistema. El
rock de los ’60 ilustró a la postre esta tesis marcusiana, según la cual la
transgresión a la ideología y a la cultura represiva es recuperada para el
consumo de masas, neutralizada mediante su incorporación en los massmedia,
restringida a una especie de rebelión dominical o vacacional, integrando
así el propio metabolismo del orden de cosas que pretende impugnar.
El poster de Guevara y de Hendrix en las alcobas de adolescentes que
forman parte del “grupo de honor” en sus escuelas —hoy pululan en las
grandes ciudades las postales con fotos de Morrison—, o las orgías donde
la sexualidad se invierte de un modo prolijamente reglamentado y se olvidan
de regreso al hogar, serían claros ejemplos de esta sublimación represiva. El
rock también puede ubicarse en el mismo contexto, como mero simulacro de
comunidades de repulsa: “Mientras sus variados auditorios pueden verse
como si formaran comunidades identificables, de hecho sólo son el simulacro
de tales comunidades, imágenes temporarias, como la ola humana en los
estadios, celebraciones momentáneas de una comunidad imposible en medio
de un anonimato obligado”.24 Vale la pena recordar que el rock, con
todo su discurso contracultural y su efecto irritante en los conflictos intergeneracionales,
dio un impulso inédito al “show-business”, les permitió a
los grandes sellos discográficos multiplicar exponencialmente sus ventas y
a los productores de conciertos ampliar sus ganancias como nunca antes.25
Los Doors no escaparon a este peaje del establishment, y junto al
éxito discográfico vino la fetichización de su imagen para el consumo de
una vasta clase media conformista y dotada de cierta sensibilidad para los
productos exóticos. Muy ilustrativos resultan, en este respecto, los epítetos
que las revistas de mayor consumo de masas, tanto del establishment como
del underground, pusieron junto a las fotos de The Doors en sus tiempos
de gloria. El Newsweek se refirió a ellos como “un mundo de Halloween y
frutas prohibidas” en su número del 6 de noviembre del 67, mientras el
Village Voice se refería a Morrison afirmando que “realmente no ha habido
un símbolo sexual de tal altura desde que murió James Dean (…) podría
convertirse en lo más apetecido para la libido de masas por un largo tiempo”.
El crítico neoyorquino Albert Goldman lo apodó “Dionisos de la era del
surf” y “Adonis hippie”. Otros titulares hablaban de Morrison como “poético
pero no bonito”, “sexualidad infantil perverso-polimorfa”, etc.26 El fenómeno-
Morrison y el éxito de The Doors entraban así al círculo dócil del
pintoresquismo de masas.
Esta fetichización no escapó a los ojos de Morrison y mantuvo con
ella una relación problemática. La desublimación represiva era, precisamente,
el costo que él quería evitar, y se expresa en muchos de sus conflictos
con los otros integrantes de The Doors, sus reservas en los modos de
comercialización de las canciones del grupo, sus formas de abordar las entrevistas
de prensa y sus exabruptos en los conciertos masivos. Sabía que
la eficacia del arte contestatario radicaba en el peaje que éste era capaz de
cobrarle, a su vez, al “show-business” y al consumo de masas. Pero la
batalla contra su propio fetiche tampoco estaba exenta de ambigüedades,
pues la seducción de la cámara fotográfica y del impacto noticioso también
operaban como bálsamo para su propia autoimagen.
La relación de peaje mutuo que los Doors entablan con el sistema ya
tenía algunos precedentes en los Rolling Stones, Janis Joplin y otros rockeros
reventados que podrían alistarse en las zonas de la contracultura. En el caso
del rock, la cuestión es de confrontación en el propio terreno de la cultura de
masas: o bien allí se diluyen los discursos de ruptura, o bien cavan agujeros.
Morrison quiere cobrar alto su peaje. Explota como nadie la idea de que el
recital de masas debe capitalizarse como un escenario de insurrección y
descontrol. Entra en crisis con su propio público cuando éste se vuelve
acrítico y más atraído por la sugestión fálica del sex-symbol que por los
mensajes de ruptura. No tolera ese espejo ni ser el espejo indulgente para el
público. Hacia 1968 se vuelca contra sus fans, y durante meses los estuvo
escupiendo en los conciertos (o escupiendo la imagen que ellos tenían de él).
Se reserva el derecho de improvisar a tal extremo en sus presentaciones en
vivo que genera incertidumbre entre sus propios compañeros, excitación en el
público, desconfianza en los promotores y desasosiego en la policía. Recurre
a los límites de la obscenidad y allí se instala por ratos que a ratos exceden el
umbral de la desublimación represiva.
Hacia la segunda mitad de 1968 aparece en Estados Unidos un nuevo
modelo de recital rock, el riot-concert (o “concierto- revuelta”), en el que
se pretende provocar el delirio del auditorio para hacer presente alguna
forma de desborde: saltos al escenario, interrupciones de las performances
por obra de un público descontrolado, todo lo cual obligaba a un creciente
control policial dentro de los recintos del concierto rock. Morrison fue una
de las primeras figuras en motivar el tránsito del concierto-comunión al
concierto-revuelta, pero también fue uno de los primeros en verificar cómo
este tránsito no escapaba al sistema de fetichización. En una entrevista
señaló: “Traté de estimular algunos líos, y después de algunos intentos me
di cuenta de que era un chiste. Pronto llegó a un punto en que la gente creía
que un concierto sólo era exitoso si todos saltaban y corrían un poco. Es un
chiste porque no conduce a nada. Creo que sería mejor dar un concierto y
mantener sumergido el feeling para que a la hora de marcharse todos vuelquen
esa energía hacia las calles y de vuelta a casa”.27 Esta misma frustración
lo lleva a extremar las cosas al límite de la legalidad en su primer concierto
en Miami ofrecido en 1969.
El concierto del 69 en Miami le costó a Morrison un largo y engorroso
proceso judicial entablado por el Estado de Florida, con los cargos de
felonía, masturbación, actitud lasciva, exposición indecente, abierta profanación
y ebriedad. La invitación al placer que Morrison le formuló a un
público acrítico y enardecido no fue un arrebato espontáneo del vocalista
de los Doors, sino la puesta en práctica del modelo propuesto por “Paradise
Now” de llegar al límite de la ley. Publicitado por los mass-media, el juicio
debió producir un efecto contradictorio en el propio Morrison: fastidio, por
un lado; pero, por el otro, cierta complacencia en haber puesto en evidencia
los límites de la ley cuando se trata de transgresiones con potente resonancia
simbólica. El escándalo de Miami y el proceso que le siguió constituyen,
en el caso Morrison, el momento en que la tensión entre el “show-business”
y el escándalo de la transgresión alcanzó su máxima temperatura.
¿Qué ocurrió en ese concierto realmente? Llama la atención que los
cargos imputados a Morrison reflejaron una evidente confusión, por parte
de la autoridad judicial, entre el plano simbólico y el real: la masturbación, la
felonía y la exposición indecente fueron simulacros explícitos en sus alusiones,
pero simulacros al fin. Este punto no es irrelevante cuando se trata de
examinar en qué momento el show de la transgresión se transmuta en transgresión
del show, vale decir, en qué situación la desublimación represiva
deviene sublimación subversiva. La mezcla de elementos que Morrison actualizó
sobre el escenario da una pauta. Por un lado, las larguísimas interrupciones
en la continuidad de la música para imprecar fuera de libreto al
público, a sus propios compañeros de grupo, al molde del espectáculo, a la
policía, a las familias y a los valores. En segundo lugar, un discurso que
también se salía del libreto sin medida de tiempo y sin sentido del espectáculo,
y en el que incitaba al público a practicar ya mismo un amor despojado
de sentimentalismo y de asepsia puritana. La siguiente transcripción de sus
monólogos en el recital de Miami, basada en la documentación recopilada
en la biografía de Morrison ya citada, nos da una idea: “Hey, escuchen, me
siento solo, necesito un poco de amor, pasarlo bien… ¿Acaso ninguno de
ustedes va a venir a amar mi culo? Vamos, vengan…; lo necesito, sí, lo
necesito, sí lo necesito, sí…; ¡vengan de una buena vez!…; ¡son ustedes
una manga de idiotas de mierda!… ¡Cómo dejan que otros les digan lo que
tienen que hacer! ¡Cómo dejan que otros los empujen así! ¿Cuánto tiempo
creen que esto va a durar? ¿Hasta cuándo se van a dejar empujar así?
¿Hasta cuándo? A lo mejor les encanta, a lo mejor les gusta que les enrostren
la jeta en la mierda… ¡Ustedes son todos una manga de esclavos! ¿Qué
van a hacer para remediarlo, qué van a hacer?”
A esta altura el show de la transgresión —la desublimación represiva—
hacía agua por varios lados. La imagen del “público-rebaño” había
sido nombrada sin eufemismos y sería blasfemada durante casi una hora.
Paradójicamente, Morrison hacía el papel del pastor que forzaba al rebaño a
des-constituirse como tal. Imprecaba su conformismo y, al mismo tiempo, le
exigía actuar en conformidad con la invitación orgiástica que él le formulaba
en ese momento. La desestructuración consistía en usar el mismo mecanismo
de fetichización e idolatría impuesto por la cultura de los mass-media,
pero invirtiendo sus mensajes. De esta manera, Morrison aprovechaba la
condición de ídolo que le había consagrado el mercado cultural, pero para
pastorear sus ovejas por el camino del lobo o del macho cabrío. En esta
mezcla de formatos establecidos con mensajes revulsivos, Morrison no desistía
del vínculo de adoración y endiosamiento que lo situaba por encima
de su público, sino que movilizaba ese mismo vínculo en un sentido muy
particular: para transmutar la adoración en orgía, vale decir, para disolver el
vínculo entre el espectador y el músico y, por extensión, entre el individuo y
el ordenamiento del poder. En esta mezcla no cabía forma alguna de desublimación
represiva, sino sólo la disyuntiva entre transgresión frontal u obediencia
estúpida.
Mientras tanto el productor de los Doors, errático y confundido,
intervenía en el escenario para suplicarle a Morrison que cortara las interrupciones
y siguiera con los temas musicales que, una y otra vez, los otros
integrantes del grupo comenzaban a ejecutar para retomar el espectáculo.
Esta visibilidad del desconcierto por parte de los responsables del espectáculo
fue otro elemento clave en el tránsito del show de la transgresión a la
transgresión del show. La ira “en vivo” de Morrison contra sus propios
músicos y el productor aumentó el efecto de lo imprevisto. La transgresión
de la ley y de las reglas, que Morrison les pedía a sus jóvenes auditores,
aparecía casi involuntariamente ilustrada por la indocilidad del propio Morrison
frente a sus propios compañeros en el escenario, que ya no parecían
tolerar tal exceso. Se instalaba, con ello, una línea de desarreglos que iba a
desde la forma del espectáculo hasta los contenidos de la interpelación de
Morrison al público. Conforme se desmoronaba la estructura del show —no
ya como un desmoronamiento teatral, concertado, previsto, sino realmente
fuera de control—, la invitación de Morrison al público a sexualizarse y a
“meterse las normas por el culo” también adquiría un efecto des-teatralizado.
No es casual, pues, que el Estado de Florida se haya querellado tomando
lo simbólico por real —la masturbación, la exposición de genitales—. No
es casualidad, tampoco, que después de casi una hora de invitación a la
orgía el público haya terminado por lanzarse sobre el escenario, y un espectador
le haya regalado un cabrito vivo a Morrison, quien lo alzaba al más
puro estilo de un festín dionisíaco; y pese a que uno de los promotores
tomó el micrófono para detener el show y advertir al público sobre los
peligros del caso, las adolescentes subieron a la tarima a bailar con Morrison,
quien hacía oídos sordos a las advertencias, bailaba con ellas y gritaba:
“No nos vamos hasta sacar la roca (¿el sexo?) para afuera”. Una vez que
el escenario se pobló de jóvenes que bailaban y gritaban, uno de los oficiales
de seguridad del espectáculo intervino y sacó a Morrison de la escena.
El delirio siguió por un rato mientras Morrison se desplazaba hacia los
camarines.
Después vino el proceso judicial y de allí en adelante los Doors
tuvieron que recorrer la pendiente conocida hacia la contención, menos
poder para Morrison, y un volumen decreciente de caotización en público.
Pero el gesto de sublimación transgresora había abierto un “momento de
caos” que iba más allá del sensacionalismo para la prensa y el castigo de la
ley. Más aún, el discurso de la ley no hizo más que denunciar precisamente
el sentido que Morrison buscaba en su gesto: proponer desde una posición
minoritaria un tipo de discurso capaz de convertirse en regla general. No es
casual que el juez del caso, Murray Goodman, haya invocado un razonamiento
kantiano como argumento para dictaminar su sentencia: “Si admitimos
que esta nación acepta, como estándar de comunidad, la exposición
indecente y el lenguaje ofensivo que usted ha utilizado, admitiríamos que
una pequeña minoría que prefiere obscenidades, desestima la ley, el orden y
desprecia totalmente nuestras instituciones y nuestro patrimonio, decide
sobre los estándares comunitarios para todos nosotros”.28
Morrison había ejecutado su mezcla en versión fidedigna y sin concesiones.
Más que un show, la desestructuración de todo show pensable,
el sabotaje al reino de la representación, el retorno a una locura presimbólica.
Recordemos la ya citada frase de uno de sus poemas: “Nos han reducido
de un cuerpo loco bailando en la colina a un par de ojos observando en
la oscuridad”. A tal punto se entreveró lo simbólico con lo real, que finalmente
el acatamiento de los auditores a subir a bailar y amarse sobre el
escenario también podía dar la impresión de un desacatamiento decisivo de
las normas represivas que Morrison una y otra vez invitaba a violar. La
convocación a ser lascivamente amado por su público “ya y sin más dilación”,
la increpación a la resistencia del público a seguir su invitación; la
forma lúcida, desafiante y crítica de ligar esa resistencia a los “amos represivos”
de la sociedad (educación, familia, Tío Sam, etc.); la invitación “ya
mismo” a desembarazarse de la represión sexual; la increpación sobre el
escenario a los productores y músicos; la duración de todas estas imprecaciones,
y finalmente la caotización del espectáculo con los jóvenes efectiva-
mente subiendo a bailar y gritar al escenario: todo esto acabó formando
parte de una sola línea de disolución. Conforme el show se desdibujaba, se
desdibujaba también la eficacia de la sublimación represiva. La “simulación”
de que cualquier cosa podía ocurrir se confundió, por un momento, con la
“sensación” de que podía pasar cualquier cosa. En algún álgido punto de la
noche el caos dejó de ser fetichizable; Dionisos no fue más una representación
histérica, el paganismo se sustrajo al control del padre cautelador.
No fue casual. La experiencia de Morrison con el Living Theatre y el
tipo de discurso que activó en escena durante la tórrida noche de Miami
mostraban una filiación deliberada. Otros conciertos previos de los Doors
ya habían requerido la intervención de la policía para contener los excesos
de Morrison, pero fue en el concierto de Miami donde esta filiación discursiva
revertió el show del desorden en imposibilidad de cualquier show. La
defenestración del padre fue escenificada en varios flancos simultáneos:
contra los músicos y organizadores del espectáculo, contra la pasividad y
sometimiento del público, contra la versión “blanqueada” del amor, contra
las instituciones. Un hilo luminoso de desacato pudo establecerse entre el
micrófono y la masa de auditores. El peaje a Tío Sam se había cobrado esta
vez.
El umbral de transgresión alcanzado en Miami pone de manifiesto
una tensión que recorre todo el itinerario del rock: aquella entre una auténtica
reorganización sensorial-afectiva y una reabsorción de esa voluntad en
la dinámica del consumo mercantil. En el rock “la música no se restringe a
objetos o textos singulares —la canción, el disco— sino que existe en una
realidad intertextual o transtextual en la que producir, bailar o escuchar la
música nos hace a todos, en cierto modo, convertirnos en sus autores (…) y
a través de nuestros cuerpos la música se une y enreda con otras historias
—ropa y clase, moda y fantasía, estilo y sexo, raza, género, deseo, etc.—“.29
Morrison usó el rock para inclinar la balanza hacia el lado del caos, en
contraposición al uso que el sistema de consumo hizo del rock a través
del montaje discográfico y el show business. Tal vez esto fue posible porque,
a diferencia de otras estrellas del rock, Morrison no era realmente un
rockero, ni siquiera era un músico. Se apropió del rock como pudo hacerlo
de una cámara cinematográfica o de un texto poético, cosa que también hizo
o intentó antes y después de su paso por el rock. Allí instaló una diferencia
propia de su mezcla: instrumentalizó un género musical para llevarlo al terreno
opuesto al que ese género fue conducido por la industria cultural. Inten-
sificó los elementos de transformación del rock: la reorganización de la vida
en torno a una producción estética que simbolizaba la libertad expresiva, y
el paso deliberado de la explosión expresiva del rock (en las formas de
musicalizar, poetizar, sentir, escuchar y bailar) a una explosión moral que
fuera más allá de la desublimación represiva (sobre todo a través de una
imagen difusa de orgía desreglamentada). Más que entretener, Morrison
quiso hacer uso del rock para socavar las raíces del aburrimiento: la disciplina
de la producción industrial y el rito mediocre del consumo. Más que
canalizar energías reprimidas, hacerlas rebasar las estructuras de la represión
(valga el ejemplo de Miami). El rock fue, en este sentido, el ring en que
Morrison libró su propia guerra contra el conformismo del “American way
of life” —y la guerra contra toda simulación conformista de transgresión a
este modo de vida—. En este contexto debiera explicarse la exacerbación y
des-histerización que hizo Morrison de algunos elementos incipientes del
rock: su paganismo “libre”, su trabajo con la imagen del caos, su matriz
dionisíaca, su coqueteo con el peligro y con la muerte,30 su apelación a
expresiones capaces de subvertir tanto normas expresivas como valóricas,
su llamado a la visceralidad, su impulso a socializar una autoexploración que
rebasara los límites de la sociabilidad. Morrison puso el pie en este acelerador
a fin de llevar las cosas a un rango de velocidad inadaptable al juego de
velocidades operado por el propio espectáculo del rock.
Morrison también empujó al extremo una forma insubordinada de
concebir el rock que otros grupos musicales emprendieron en niveles menos
lúcidos o radicales. Usó el rock para caricaturizar una manipulación
comunicacional-mercantil que reducía el rock, a su vez, a una caricatura de
la transgresión. “Todo se da como si estos grupos sofisticados se asignaran
un rol de espejo aumentado y deformado para devolverle a la sociedad
una imagen de sí misma caricaturesca y exorcizante (…). Puede verse todavía,
en la apuesta de proyectar sobre el escenario la depravación, la profanación
y los demonios inconscientes, el deseo de llevar la provocación
siempre más lejos, a fin de que el rock siempre se mantenga fiel a su vocación,
cual es nunca llegar a ser respetable ni respetado. Así, a su manera,
los últimos avatares del pop se unen a la sensibilidad general de una época
en que las manifestaciones intelectuales y teatrales, bajo el signo de Antonin
Artaud y Georges Bataille, exaltan con gusto la esquizofrenia y los
espectáculos paroxísticos de la disociación interior”.31 El histrionismo que
Morrison tomó de sus dotes naturales y sus estudios en artes dramáticas
fue puesto al servicio de esta operación en que se manipula al manipulador.
¿Cómo cooptar a Dionisos? ¿Cómo histrionizar al histrionizador?
¿Cómo encuadrar en el libreto del espectáculo de masas al que rompe el
libreto más allá del límite de las improvisaciones propias de cualquier libreto?
Sin embargo, Morrison no dejó de ser un símbolo sexual, una estrella de
rock y un personaje excéntrico ofrecido al público masivo para ser masticado
y fetichizado. El peaje es mutuo. El paganismo queda apresado en las
portadas de las revistas de mayor venta, Dionisos sale de la corte del Estado
de Florida para enterrarse en la literatura, el panteísmo vuelve a someterse
a la inercia de las idolatrías.
Hoy día el sitio de los cambios radicales está despoblado, o se repliega
y domestica en el campo de la estética, en las sensaciones, en el arte,
en la expresividad. Este campo no cobra peaje a las estructuras de la mercantilización,
sino todo lo contrario: se inserta en ellas con una copa de
champán en la mano. En medio de este verdor postmoderno donde se secan
las utopías de los años sesenta, Morrison reaparece en una superproducción
de pantalla gigante. La película es una exageración. Morrison tal vez
fue también una exageración. Pero esta nueva exageración de la exageración
devuelve a Morrison al país de los simulacros: al formato del show, de la
histeria y del símil. De un lado, lo contemplan los nostálgicos. Del otro, un
montón de jóvenes de cuestionable lucidez que gritan letras de canciones
ignorando su contenido, saltando de una butaca a otra en busca de un
trago de cerveza. Es más claro hoy en el cine, que hace veinticuatro años en
vivo, el efecto de desublimación represiva que convierte el grito de guerra
en otro somnífero enmascarado. Morrison reaparece en el circuito de la
martirología barata.
Sin embargo, la mezcla Morrison sigue en un lugar difícil de precisar,
junto a los últimos paganos. Los gritos de Miami fueron reales y forman
parte de un registro que tarde o temprano habrá que retomar sin domesticar.
El gesto obsceno y el gesto dionisíaco no forman hoy la mezcla disolvente,
y se invocan como apacibles exabruptos de un mundo donde la libertad
expresiva firmó un pacto de coexistencia pacífica con el capitalismo a escala
planetaria. Pero en cualquier momento el libreto puede volver a desfondarse,
y la mezcla tendrá que pasar una vez más del simulacro a las vísceras.

Notas.

1 Y esta misma ruptura que apela a los padres ilustres, trasunta también un
anhelo fundacional. No han de extrañar, por ejemplo, estas palabras de Timothy Leary,
el gurú del lisérgico en los ’60: “Salimos a cambiar la cultura. En los próximos diez años
la generación psicodélica (…) tendrá más y más que decir. Es seguro que las leyes
cambiarán. No entiendo cómo puede el norteamericano medio pensar que todas las
religiones ya han sido fundadas, que todas las soluciones políticas ya han sido elaboradas.
Insto a todo el mundo, sobre todo a los jóvenes, que piensen en fundar su propia
religión (…), en fundar su propio país…” (Los Angeles Free Press, 13 de enero de 1967,
dicho sea de paso, el periódico underground predilecto de Jim Morrison). Y el comentario
más entusiasta que objetivo de Richard Albert en el San Francisco Oracle, en la
misma época: “¿Ustedes se dan cuenta de que en siete u ocho años la población psicodélica
de los Estados Unidos podrá, mediante su voto, llevar al gobierno a quien quiera?”.
(Citados ambos por Jerry Hopkins, El libro Hippie, trad. por Florinda Friedman (Argentina:
Editorial Brújula, 1969).
2 Ese año, en la misma zona donde vivía Jim —el Bay Area en torno a San
Francisco—, aparece la palabra “beatnik”. En seguida Morrison, en plena enseñanza
media, se hace lector de Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, los poetas de la
generación furiosa (angry generation).

3 Bautizado también como el primer “melha” norteamericano por el San Francisco
Oracle, con la presencia de unas cuantas vacas sagradas de la música y la revolución
de la conciencia: Dizzy Gillesppie, Jefferson Airplane, Timothy Leary, Allen
Ginsberg y otros.

4 Roberto Muggiati, Rock: el grito y el mito, trad. de Francisco Lage Pessoa
(México: Siglo Veintiuno Editores, 1974), p. 37.
5 En un periódico underground de Berkeley, en mayo del 67, un miembro del
grupo de los Fugs decía: “Por medio del baile, me refiero a un baile de tipo orgiástico,
uno entra, con su propio cuerpo y sus propios sentimientos, en un tipo de contacto con
la gente que la mayoría no conoce. Si todos pudieran bailar como digo, la revolución ya
se habría realizado”. (Citado por Jerry Hopkins, op. cit., p. 248.)

6 Roberto Muggiati, op. cit., p. 118.

7 En Roberto Muggiati, Rock: el grito y el mito, op. cit., p. 17. Y en el mismo
texto, el rescate del rocanrol de los 50 como el gran salto en esta dirección: “La nueva
música demolía el repertorio cursi de los Bing Crosby y Perry Como, cuyo problema
principal era cómo rimar moon y june. En su lugar los rocanroleros proponían un
universo sonoro abierto a la vida, lleno de olor y color…”. Más osadas son las impresiones
de Jerry Rubin, líder de la nueva izquierda norteamericana en los sesenta: “La nueva
izquierda —decía Rubin— surgió de la pelvis ondulante de Presley”.

8 El término “gesto discursivo” acomoda al estilo-Morrison: a mitad de camino
entre el cuerpo y la reflexión, en el lugar preciso donde se confunde el contenido de lo
expresado con la voluntad que puja por expresar.
9 Cuando Ed Sullivan decide finalmente llevar a Elvis Presley a su show televisivo,
el más popular desde mediados de los cincuenta, exige que las cámaras sólo capten la
figura del cantante desde la cintura para arriba, censurando lo más insinuante de Elvis.
Años más tarde llevará a los Doors a su programa, exigiéndoles antes del show que
modifiquen la letra provocativa de “Light my FIRE” (Enciende mi fuego). Morrison accedió, pero al grabar en vivo rompió el acuerdo y cantó, más enfáticamente que
nunca, la canción con sus letras originales. Nunca más fue invitado por Sullivan.
11 Los festivales-rock alcanzan en el 69 un hito con Woodstock y otros eventos
que reúnen a más de 200.000 asistentes en Estados Unidos, y con un remate trágico
en un recital de los Rolling Stones donde mueren cuatro personas, una de ellas asesinada
frente a las cámaras por un matón de los Hell Angels. En estos recitales hay mucho de
ritual pagano: destrucción de instrumentos en el escenario, abjuraciones, etc. En esto se
especializó el grupo rock The Who, con destrucción de guitarras, mucho psicodrama, y
volumen muy alto del sonido.

12 Albert Raisner, L’Aventure Pop (París: Editions Robert Laffont, 1973), p.

13 “Break on through to the other side” (“irrumpir hacia el otro lado”) es el
leitmotiv de uno de los primeros éxitos de los Doors; “take the highway to the end of
the night” (“toma la autopista hasta el final de la noche”); y en el tema “The End”
imágenes como “visit weird scenes incide the gold mine” (“visita escenas locas dentro
de la mina de oro”) y “ride the snake” (“cabalga sobre la serpiente”). Alguna vez
señaló, autobiográficamente, que “he estado experimentando los límites de la realidad…
tenía curiosidad por saber qué ocurriría”. Y en una autoentrevista que hace de prólogo
en una de sus obras poéticas póstumas, Morrison señala: “Si mi poesía pretende algo, es
liberar a la gente de las formas limitadas con que ve y siente”.
14 En Jim Morrison, The Lords and the New Creatures (Nueva York: Simon &
Schuster, 1987), p. 71.
15 Los antipsiquiatras ingleses en el 67 incorporan el rock a la temática de la
dialéctica de la liberación, y la politización en torno al rock crece por sincronía con la
revuelta negra, la resistencia a la guerra de Vietnam, y la crítica sociológica a la sociedad
opulenta.

16 Epílogo de la biografía citada de Hopkins y Sugerman, p. 378.
17 Citado por Jerry Hopkins y Danny Sugerman en la más completa biografía de
Morrison, No One Here Gets Out Alive (Nueva York: Warner Books, 1981), p. 107. En
el mismo libro los autores citan varias entrevistas que revelan el énfasis de Morrison en
el proyecto crítico en que pretendía inscribirse como músico de rock y como pensador.
18 Los Doors les deben a los Rolling Stones el efecto dionisíaco y apocalíptico
de la música en vivo —lo transgresor/seductor/repulsivo—. Mick Jagger es el primer nobeatle,
en el sentido de dramatizar la libertad musical como transgresión; es él, y no los
Beatles, el rechazado por los adultos: stonefuria vs. Beatlemanía. En los Stones aparecen
los primeros elementos claramente disolventes: la androginia, la primera muerte
por exceso de droga en el rock (Brian Jones), la violencia en los recitales, etc.
19 Jim Morrison, Wilderness (Nueva York: Vintage Books-Random House Inc.,
1989), p. 173.
20 The American Night (Nueva York: Vintage Books-Random House Inc.,

21 The Lords and the New Creatures (Nueva York: Simon & Schuster, 1987.

22 Jim Morrison, The Lords and the New Creatures, op. cit., p. 29.
23 Ibídem, p. 39. En el mismo texto, otro pasaje lúcido del voyerista: “El
voyerista, el peeper … es un comediante oscuro. Repulsivo en su oscuro anonimato, en
su invasión secreta. Compasivamente solo. Pero extrañamente capaz, mediante este
mismo silencio y transacción, de emparejarse desconocidamente con cualquiera dentro
del rango de su mirada. Esta es su amenaza y su poder” (p. 40). Y con la misma agudeza:
“Una posesión tenue, desprovista de riesgo, finalmente estéril. Con una imagen no hay
peligro a la puerta” (p. 48).

24 Lawrence Grossberg, “Rock and Roll in Search of an Audience”, en Popular
Music and Communication, edit. por James Lull (Newbury Park-California: Sage Publications,
1987), p. 192.

25 La industria discográfica post-Presley en los ’50 registró aumentos en las
ventas en Estados Unidos desde 277 millones de dólares en 1955 hasta 603 millones en
1959, todo esto explotando el mercado de consumo juvenil. En la década siguiente el
rock alcanzó niveles de ventas jamás soñados por la era del roncanrol, y en 1967 (año
de estrellato para The Doors) la industria discográfica estadounidense superó la marca
de venta de los mil millones de dólares, aumentando a 2 mil millones hacia 1973,
mientras el porcentaje correspondiente a la venta de discos de música clásica bajó del
25% en los ’50 al 5% a comienzos de los ’70. Todos los aspectos del negocio musical se
subordinaban a las campañas de ventas de discos: actuaciones en vivo, programas de
radio y televisión, entrevistas de la prensa, sesiones fotográficas, etc. (Véase al respecto
el artículo de Simon Frith, “The Industrialization of Popular Music”, en el libro editado
por James Lull ya citado, Popular Music and Communication, pp. 53-77.)
26 Tomado de la biografía citada de Jerry Hopkins y Danny Sugerman, op. cit.,
pp. 154-156.

27 Citado por Hopkins y Sugerman, op. cit., p. 211.


28 Citado por Hopkins y Sugerman, op. cit., p. 317.

29 Iain Chambers, “British Pop: Some Tracks from the Other Side of the
Record”, en Popular Music and Communication, op. cit., p. 242.


30 Este coqueteo con el peligro y con la muerte fue además una constante en
Morrison: el abuso de drogas y la costumbre que tuvo desde niño de jugar al equilibrista
al borde de los abismos. El impulso tanatológico era evidente en Morrison, y también
operaba como un dispositivo de caotización: la proximidad de una muerte tiene un
conocido efecto disolvente sobre las estructuras que norman la vida que la precede.

31 Albert Raisner, L’Aventure Pop (París: Editions Robert Laffont, 1973), pp.
142-143. Recordemos el conocimiento que Morrison tenía de Artaud a través del
Living Theatre, y las enormes coincidencias entre el paganismo de Morrison y el de
Bataille.

Ed. 12.06.09.

Saturday, May 23, 2009

Texto 04.

Profesor: Jorge Henríquez M.
Asignatura: Filosofía.
Contenido:Texto 04: R. Castro : Filósofos y Viajeros.




«Viajero, ¿quién eres? Te veo proseguir tu
camino, sin sarcasmo y sin amor, con tu
mirada indescifrable; te veo ahí, húmedo y
triste, como la sonda que desde los profundos
abismos asciende insatisfecha a la luz. ¿Qué
has ido a buscar a lo profundo?»
Friedrich Nietzsche, Jenseits von der Gut und Böse


Resumen. La filosofía se ha servido muchas veces del viaje como metáfora de una idea y
en ese juego simbólico la cuestión del retorno ha sido algo insoslayable. Quizás la primera
metáfora de estas características sea la alegoría platónica de la caverna. En ella, el viaje
representa el movimiento ascendente de la filosofía desde el fantasmagórico mundo
sensible hasta la contemplación de las ideas puras en el mundo inteligible. Pero, como a
menudo se olvida, dicha travesía no culmina en este punto. Sócrates debe regresar
perentoriamente a las entrañas de la caverna y ello supone una excursión aún más peligrosa
que la anterior. De este modo, Platón formula un problema decisivo para el saber
filosófico: el dilema ético-político del retorno a la caverna, asunto que interpela de un
modo o de otro a toda la tradición del pensamiento occidental. En este contexto, resulta
posible identificar la existencia de una matriz platónica, que entiende el viaje como un
ascenso teórico al reino de lo universal que culmina en el descenso y la imposición de la
idea como forma de dar orden a un territorio hostil y caótico; y una matriz nietzscheana
que concibe el viaje como una travesía aciaga y, a la vez, como una odisea jovial por una
superficie lúdica y abismal que supone la disolución de todo aquello que pueda llamarse
ascenso o descenso. En este último sentido, se explora la posibilidad de una filosofía sin
retorno, es decir, de un pensamiento que en el viaje se entrega a una otredad
irremediablemente inabarcable.
Toda filosofía es, en cierto sentido, una aventura que nace de un sentimiento de
inconformismo y que responde a un deseo de conquista. Al pensamiento lo seduce
la colonización de territorios, doblegar obstáculos, alcanzar ciertas cimas. Por eso,
no resulta extraño que la actividad reflexiva del ser humano se describa muchas
veces a través de una serie de metáforas que remiten a la figura del viajero. Así
pues, suele decirse que quien investiga realiza el acto de explorar. Incluso
afirmamos que un científico avanza o retrocede en una ruta, dentro de una labor
científica que tiene objetivos que operan como metas o destinos. El filósofo o el
intelectual en general relatan su propia praxis como si se tratara de un itinerario
sujeto a accidentes que pueden hacer perder el camino o a descubrimientos
asombrosos que compensan el esfuerzo.
De un modo similar, el viajero convierte su periplo en una experiencia
filosófica en tanto en cuanto la conquista es mucho más que el hallazgo de un
paraje indómito y se transforma en la ocasión para encontrar la propia espesura de
uno mismo. La aventura, entonces, no culmina en la apertura de un nuevo
territorio, sino en el cierre de una mirada sobre mi ser. Esto evidencia, por
ejemplo, el regreso de Ulises a Ítaca después de una travesía que le ha conducido
por la exterioridad de la polis en nombre del honor y la gloria. Se trata, en palabras
de Adorno y Horkheimer, de la historia de un sacrificio del sí mismo que
continuamente se vence y se pierde para reencontrarse transfigurado1. El héroe que
regresa a casa ha descubierto lo inexorable de la naturaleza, el abismo salvaje que
amenaza con succionar la ciudad desde afuera, el arrebatador canto de las sirenas.
Ulises, por tanto, no hace otra cosa que volver a su humanidad2.
Algo semejante ocurre con la odisea de Don Quijote. Éste se encuentra
perdido en una realidad que desmiente paso a paso el relato novelesco de
caballería. Como señala Foucault, en su análisis de la crisis epistemológica del
renacimiento, las palabras y las cosas se han separado y Don Quijote es el testigo
delirante de esta fractura3. Su destino ineludible lo arrastra hacia una verdad
tenebrosa, peor que toda locura, aquella que descalifica los poderes alquímicos de
la imaginación y sentencia de forma despiadada el triunfo de la razón. Dicho
desenlace involucra una vez más la experiencia del retorno como momento
decisivo de la aventura. ¿Significa esto que el viaje está inevitablemente condenado
a la derrota de regresar?


ASCENSO Y DESCENSO FILOSÓFICO
La filosofía se ha servido muchas veces del viaje como metáfora de una idea y en
ese juego simbólico la cuestión del retorno ha sido algo insoslayable. Quizás la
primera metáfora de estas características sea la alegoría platónica de la caverna4. En
ella, se nos describe la alienante situación de unos hombres encadenados en el
fondo de una caverna, forzados por su propia ignorancia a la contemplación de
meras sombras de la verdadera realidad. La escena adquiere la connotación de un
viaje cuando uno de estos hombres rompe sus ataduras e inicia el camino de
ascenso hacia la salida de este reino de la oscuridad. Se trata de un trayecto
escarpado y fatigoso que obliga a este sujeto a un verdadero triunfo sobre sí mismo
y sobre la inercia que lo invita a permanecer en la apacible e ilusoria existencia de la
caverna.
Sin embargo, la recompensa frente a este sacrificio resulta muy significativa.
Los rigores de una vida examinada y sometida a la primacía de la teoría, encuentran
su compensación en la potencialidad liberadora del conocimiento. En efecto, el
hombre que logra conquistar la salida del reino sombrío descubre la verdad en su
plenitud y alcanza un saber fundamental respecto al carácter ficticio y degradado
que posee la vida de aquellos hombres que aún permanecen encadenados.
Este viaje representaría el movimiento ascendente de la filosofía desde el
fantasmagórico mundo sensible hasta la contemplación de las ideas puras en el mundo
inteligible. Una elevación que tiene –en opinión de Platón- a Sócrates como principal
protagonista, en tanto en cuanto él constituye la expresión máxima de la figura del
filósofo que rompe con las cadenas del falso saber y que accede a la verdadera
ciencia de lo universal.
Pero el viaje no culmina en este punto, como a menudo se olvida en las
exégesis de este texto. Sócrates debe regresar perentoriamente a las entrañas de la
caverna y ello supone una excursión aún más peligrosa que la anterior. El hombre
que ha acostumbrado su vista a la luz, se desenvuelve con torpeza entre las
tinieblas. Por esa razón, una vez que se produce el regreso de Sócrates, los
hombres encadenados desacreditan su relato sobre una verdad exterior al mundo
fenoménico y asocian su discurso a la locura o a la corrupción moral. El proyecto
de liberar a los sujetos a través del mensaje de la ciencia filosófica, un programa
pedagógico que Sócrates encarna en su método mayeútico, deriva en la condena a
muerte del mensajero.
Visto de esta manera, reconociendo el desajuste que se presenta aquí entre la
palabra filosófica y la experiencia de los hombres en la ciudad, ¿qué sentido puede
tener el regreso socrático del viaje filosófico? La respuesta a esta cuestión supone
identificar una doble necesidad que subyace en este retorno: un imperativo ético y
otro político5. Por una parte, se pretende responder a la exigencia que el propio
saber verdadero impone al filósofo como demanda de un acto comunicativo y
pedagógico y, por otro lado, se aspira a ordenar la realidad corrupta de la ciudad de
los hombres en función de la idea del bien. En esta segunda dimensión, el retorno
del filósofo se enlaza con la aventura biográfica de Platón en Siracusa6 o, lo que es
lo mismo, con el sueño totalitario del filósofo gobernante.
Si a la filosofía le interesa regresar a la realidad, ello se debe paradójicamente a
un profundo sentimiento de rechazo hacia la misma, lo cual obliga a intentar
modificarla y ajustarla al concepto. El descenso filosófico, por ende, se justifica
desde la desvaloración de la experiencia y contiene en sí mismo el proyecto de
disolución de la heterogeneidad existencial en el océano de la idea absoluta. No
obstante, lo real se resiste pertinazmente a adecuarse a lo ideal. La polis rechaza su
fundamentación filosófica y el retorno se convierte una vez más en una derrota.
Quizás porque ha existido dicha derrota, la filosofía regrese una y otra vez a lo
largo de su historia al empeño de realizarse políticamente. Así, por ejemplo, el
sueño del filósofo gobernante ha dejado su lugar a la utopía del gobernante filosófico, de un
soberano instruido e ilustrado por la sabiduría de un preceptor o educador. En este
contexto, la historia de Aristóteles con Alejandro Magno o la de Voltaire con
Federico II de Prusia evidencian que la figura de un rey-filósofo constituye un
imposible, una quimera que manifiesta la tensión entre el deber del saber y el deber del
poder. Esto es precisamente lo que Maquiavelo supo observar sancionando la
necesaria exclusión entre el interés del soberano y la inquietud moral del filósofo.
Sin embargo, el deseo de consumación política de la filosofía, su propensión a
regresar a la ciudad para establecer una verdad, persiste también de otras formas.
El concepto mismo de la historia en la tradición moderna puede servir para ilustrar
este hecho. Ciertamente, en las filosofías de la modernidad, la historia aparece
reiteradamente como el lugar donde la idea puede encontrar su realización. Para
Kant, por ejemplo, dicha posibilidad descansa en la acción racional del sujeto que
aspira a la concreción de los fines ideales; mientras que para Hegel la conquista de
la paz, la libertad y la justicia vienen aseguradas por el propio carácter necesario del
movimiento histórico. Ambas perspectivas, el papel asignado al sujeto por Kant y
al devenir histórico por Hegel, intentarán ser puestas en correspondencia por Marx
a través de un proyecto histórico que establece una tarea decisiva del pensamiento
en la construcción del reino de la libertad.
Será preciso esperar hasta Nietzsche, para encontrar una filosofía que subvierte
este sueño histórico de la modernidad y que nos ofrece, a su vez, otra versión del
viaje de salida y regreso de la caverna platónica7. Esto ocurre en Así habló Zaratustra,
donde el jovial personaje- a diferencia del hombre encadenado que se libera- no
inicia un viaje en medio de un mundo espectral e insuficiente, sino en la soledad
pletórica de la montaña. Aquí, nuevamente, el problema será el retorno del sabio
iluminado a la ciudad de los hombres.
Zaratustra dice llevar un regalo para los habitantes de la ciudad, desde el fondo
de su corazón desbordado de sabiduría. Sin embargo, al pronunciar su discurso en
la plaza pública, el pueblo lo ignora y se ríe de su mensaje. El filósofo, entonces,
descubre una soledad aún más profunda que aquella propia de la montaña, un
abismo insalvable entre él y los hombres. Dice Zaratustra: «Sin duda he vivido
demasiado tiempo en las montañas, he escuchado demasiado a los arroyos y a los
árboles: ahora les hablo como a los cabreros»8. Así queda en evidencia un desajuste
entre la palabra filosófica y el mundo de la vida.
En la ciudad conocida como «vaca multicolor», Zaratustra únicamente halla
desprecio y desinterés ante su filosofía. Esto lo lleva a reconocer con tristeza que
su doctrina no es para los oídos de los hombres de la plaza pública. De este modo
y habida cuenta del revés inicial, Zaratustra resuelve no hablar más al pueblo e
inicia una búsqueda de individuos solitarios (con esa soledad propia de las
montañas) que sean capaces de escucharle. Así, se produce un desplazamiento en
la definición del receptor del discurso iluminado, del orden colectivo y popular a la
figura individual y solitaria.
El anuncio de la llegada del superhombre requiere de otros oídos más agudos.
Zaratustra, por tanto, buscará compañeros de viaje para hablarles de la muerte de los
dioses. De esta manera, se inicia un peregrinaje que supone situar a la filosofía en
una exterioridad con respecto a la ciudad. De hecho, el viaje de Zaratustra puede
entenderse como la progresiva confirmación de que el lugar de la filosofía no se
halla entre los hombres, sino en la propia circularidad del camino. No hay que
olvidar la respuesta del enano en el parágrafo La visión y el enigma: «toda verdad es
curva, el tiempo mismo es un círculo»9.
El retorno filosófico de Zaratustra no supone una reconciliación con los
hombres. Su desajuste como predicador con respecto a la ciudad se encuentra una
y otra vez reafirmado en la historia, especialmente por medio del creciente elogio
que él formula a la soledad. Así, la montaña se presenta cada vez más como la
única patria posible de Zaratustra, donde los únicos compañeros apropiados serán
finalmente sus animales: el águila y la serpiente. De esta forma, la idea del
descenso que trae consigo un regalo para los hombres aparece como algo
equivocado. El viaje se convierte, entonces, en eterno retorno, y la filosofía en una
actividad heroica expuesta al desafío enorme de responder al más gigantesco de
todos los pensamientos.
¿No resuena, tras este regreso inacabado, la voz solitaria del propio Nietzsche,
errante por Europa? Sin duda, existe una singular concordancia entre la filosofía
del pensador alemán y la experiencia concreta de un viaje que le lleva desde su
cátedra en Basilea, a Venecia, Génova, Sils-Maria, Sicilia, Niza y, finalmente, Turín.
Se podría intentar seguir el rastro de este trayecto que conduce al filósofo a su
hundimiento y que representa el desplazamiento telúrico de una escritura sometida
al escarnio de la enfermedad. Nietzsche, de cierta forma, ha trastornado el mapa de
Europa, dibujando sobre él las huellas explosivas de un hombre a la búsqueda de
una salud añorada.

SER, PENSAR, VIAJAR
En suma, Platón y Nietzsche nos permiten ilustrar la existencia de dos niveles
de relación entre la filosofía y el viaje: la metáfora de una idea y el nexo entre la
experiencia y el pensar. En el primer nivel, emerge el problema de la filosofía
como movimiento que aspira a una realización y, en el segundo, el vínculo entre el
autor y la existencia. En esta última dimensión, la anécdota se convierte en un
objeto filosófico de interés, en tanto en cuanto sugiere la inscripción del
pensamiento en las formas de vida.
¿No dice nada acerca de los intereses teóricos últimos de Platón su fracasada
aventura en Siracusa o esa peculiar característica del personaje de Sócrates de no
haber abandonado nunca la ciudad salvo para combatir en la guerra? ¿Puede
sostenerse que la errancia nietzscheana por Europa hasta el advenimiento de la
locura supone un modo de entender la tarea trágica del pensar? ¿No ilustra algo de
la filosofía kantiana esa exactitud propia de un reloj que le atribuían al pensador sus
vecinos de Königsberg10? ¿Qué sentido puede tener la opción de Heidegger por la
provincia cuando le es ofrecida la cátedra en Berlín? ¿No supone esta elección una
renuncia a cierta manera de entender el viaje y una apertura a los caminos del
bosque, silenciosos y meditativos11?
Tal vez pueda concluirse que esta serie de episodios biográficos muestran una
conexión entre filosofía y experiencia personal, a propósito de la cuestión del viaje,
que trasciende la curiosidad de lo anecdótico. Como decía Fichte, cada sujeto
filosofa de acuerdo al tipo de hombre que es, y dicha forma de ser, expuesta a las
vicisitudes de la existencia, resulta indisociable de las preguntas y problemas que
uno se formula. El pensamiento siempre se halla situado y aparece como síntoma
de una experiencia humana12. Desde tal punto de vista, entre la existencia del autor
y la obra sería más que legitimo establecer un vínculo de fondo, digno de cualquier
investigación, y que permitiría distinguir entre filosofías edificadas en la ciudad y
formas de pensamiento desarraigadas13.
Dicha distinción, como podrá observarse, resume un conjunto de correlaciones
heterogéneas entre el tema filosófico del viaje y la figura del filósofo viajero. En tal
sentido, resulta posible identificar, por lo menos, dos matrices que atribuyen
sentidos contrapuestos a este tema y a esta figura; y que nos permiten iluminar un
tercer nivel de relaciones entre la filosofía y el viaje. Se trata, por una parte, de la
matriz platónica, que entiende el viaje como un ascenso teórico al reino de lo
universal que culmina en el descenso y la imposición de la idea como forma de dar
orden a un territorio hostil y caótico. Por otro lado, se encuentra la matriz
nietzscheana que concibe el viaje como una travesía aciaga y, a la vez, como una
odisea jovial por la superficie lúdica y abismal de nuestra experiencia; andanza que
concluye, precisamente, con la disolución de todo aquello que pueda llamarse
ascenso o descenso.
De esta manera, podemos iluminar un tercer nivel de relaciones entre la
filosofía y el viaje que apunta a las formas antagónicas en que se define la actividad
del filosofar. En efecto, las dos matrices señaladas envuelven, además, dos modos
de concebir la práctica del pensamiento: como tarea propia de las alturas o como
trabajo propio de las cavidades subterráneas. Por una parte, estaría la voluntad de
sistema que levanta certezas hacia el éter; y, por otro lado, se encontrarían los
filósofos del «peligroso quizás» que socavan los pilares de la tierra. Dicha dualidad,
de lo celeste y lo tectónico, no solamente le pertenece a las formas del pensar, sino
que determina dos maneras antagónicas de definir el viaje.
Paul Bowles, en su novela de 1949 El Cielo Protector14, sugiere una diferencia
sustantiva entre el viajero y el turista. Este último recorrería el mundo como un
coleccionista de sensaciones, siempre consciente de que un día cercano regresará a
casa y podrá abrir el álbum de fotos ante los amigos. Por el contrario, el viajero
sería aquel que no teme perderse y que jamás, en sentido estricto, regresa al hogar
que le vio partir porque después de viajar nunca se puede volver a ser el mismo.
Mientras el turista camina provisto de mapas y guías que condicionan su mirada de
lo extraño, asegurando en buena medida preservar su identidad para volver al
punto de partida pletórico de souvenirs, el viajero anula toda cartografía hasta
perderse en la hondura de parajes indómitos.
Desde una perspectiva levinasiana, el turista representaría el movimiento de
una ontología que es retorno permanente a la patria de lo Mismo e invisibilización
de la alteridad. Solamente el viajero daría cuenta de un encuentro con lo
completamente Otro en que el poder del sujeto se disuelve. Esa experiencia de
trascendencia supondría el fin de la violencia de lo Mismo y el inicio de una nueva
historia15.
La lógica del turista consiste en un aseguramiento del yo y en una labor de
confirmación del sujeto; mientras que la dinámica del viajero involucra desmentir
una y otra vez dicho primado del ego sum. Así pues, para viajar es preciso poner en
riesgo la identidad. Sacudirse las raíces y permitirse ser de otra manera. Aquí no se
trata, por tanto, de una filosofía encaminada al encuentro siempre postergado de
esa verdad última de mi propio yo y que responde a los interrogantes quién soy o qué
deseo. La filosofía del viajero, por el contrario, reivindica el extravío y la voluntad
del individuo que resiste, luchando por dejar de ser aquello que se nos impone que
seamos.
La tradición platónica es responsable en buena medida de haber articulado una
concepción del pensamiento como esfuerzo metódico en pos de lo universal, que
el positivismo científico ha venido a reforzar con la idea de una razón calculadora e
instrumental. En todo esto subyace una vez más la imagen del viaje entendido
como el camino escabroso del conocimiento hacia el descubrimiento de la verdad
lógica y matemática de la naturaleza16. En tal imagen, al científico le corresponde el
papel de explorador diseñando las metas esperadas al finalizar su aventura. La
misión consiste en encontrar aquello que se anuncia en la hipótesis. Una tarea,
como puede observarse, donde todo riesgo se halla controlado y lo más importante
es, al fin y al cabo, retornar con resultados a la patria de lo Mismo.
En oposición a este pensamiento, tejido al alero de las topografías, puede
identificarse otra forma de pensar, un ethos filosófico en donde el ensayo y el
experimento convierten al viaje en algo peligroso. Aquel que investiga sería quien
no teme al poder socavador de la pregunta. Un individuo que está dispuesto a lidiar
mano a mano con el enigma, aunque eso signifique salir transformado en la batalla.
La obra se sitúa, por tanto, en un régimen precario, permanentemente abierta a
modificaciones o reformulaciones. No existe una voluntad de sistema y, por lo
mismo, no es posible establecer la verdad última de una filosofía que representa
más un gesto que una producción. Dicho gesto consistiría, según Foucault, en el
trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo17; en una filosofía que no aspira a legitimar
lo que ya se sabe, sino que se arroja a ese límite donde se juega la posibilidad de
pensar distinto. Se trata de una curiosidad arrebatadora que dispara la pregunta
lejos de la solución confortable y en dirección a aquello que le permite a uno dejar
de ser uno mismo.
La filosofía del extravío constituye un compromiso radical con la pregunta, una
entrega absoluta a su fuerza envolvente. Por este motivo, quien establece esta
12.
relación con el pensar se asemeja a un navegante que inicia una travesía por aguas
desconocidas dispuesto a que los vientos le arrastren donde sea. No se le puede
juzgar por la coherencia de la ruta ni por los nuevos territorios que logre descubrir.
Su valor reside más bien en el heroísmo de permitir que el conocimiento le
transforme, en la audacia de conducir la nave hacia la tempestad.
Solamente puede llevar a cabo esta labor un yo que no desea confirmarse en su
relación con el mundo, asegurar sus fronteras y enriquecerse. Se precisa de un
sujeto nómada, ansioso por experimentar nuevos rostros y atravesado por la
heterogeneidad salvaje de lo extraño. En suma, el viajero involucra un modo de
subjetividad, una forma de relacionarse con uno mismo y con lo otro, una ética del
cuidado de sí18.
Pensar, entonces, significaría apostar por una revelación que el propio camino
de la interrogación filosófica ofrece en el extravío de su aventura. Desde esta
perspectiva, puede concluirse que este pensamiento se opone a la idea moderna de
proyecto, la cual delimita la filosofía como una actividad que recorre un camino
desde un origen hasta un fin, progresando en la realización y la apropiación de lo
buscado. Esta concepción de la filosofía, que subyace en la tradición que va desde
Descartes a Hüsserl, supone la operación totalizante de un sujeto proyectante que
funda y recoge el sentido en el retorno a sí mismo. Por el contrario, la filosofía del
viajero propone una lógica itinerante del pensamiento, en la cual éste se despliega
sin un telos y en un constante diferir de sí mismo.


LO QUE SE PIERDE
La tensión entre la idea de proyecto filosófico y la filosofía como movimiento de
extravío, aparece de un modo ejemplar en las Meditaciones Metafísicas de Descartes19,
a propósito del pasaje en el cual éste se plantea la posibilidad de que el sujeto
meditativo sea un loco o un insensato. Dicho momento del texto cartesiano dio
origen a un intenso debate entre Derrida y Foucault, principalmente motivado por
la tesis del autor de La Historia de la Locura en la Época Clásica, de que la locura era
objeto de una exclusión en el proceso de las meditaciones20.
Según Derrida, la interpretación foucaultiana es incorrecta puesto que la
hipótesis del genio maligno y el propio acto del Cogito incorporan la posibilidad de
la locura como un caso del pensamiento. Frente a esto, Foucault responde
identificando dos tramas dentro de la obra de Descartes: la del sujeto dudante y la del
sujeto meditante. Esto quiere decir que existiría una discontinuidad en las Meditaciones
Metafísicas entre el momento de la generalización de la duda y el momento en que
se la coarta para asegurar la supervivencia del sujeto meditante. La locura
representaría la instancia hiperbólica de la duda, donde queda descalificada la
posibilidad de que el sujeto razonable conduzca la duda a una eventual verdad. Por
esa razón, para que el trabajo meditativo pueda concluir con el nacimiento de un
sujeto soberano, resulta indispensable suprimir la hipótesis de la locura21.
En tal sentido, puede afirmarse que en el momento fundacional del Cogito y de
la modernidad filosófica, subyace una negación de la experiencia del extravío que
simboliza la locura. La idea de un pensamiento capaz de edificar un sistema
filosófico que sirva de criterio ordenador del mundo, solamente puede legitimarse
una vez que se ha suprimido el trabajo crítico de un sujeto dudante sobre sí mismo.
Resulta imprescindible, entonces, deponer a ese yo que se arriesga en una aventura
de disolución de certezas, para poder inaugurar el proyecto moderno de un hombre
en sí que pretende realizar su poder sobre la naturaleza en la figura del retorno a la
polis.
Así pues, no resulta extraño que la crítica a la modernidad filosófica muchas
veces haya venido asociada a una tematización de la locura y a una experiencia del
viaje como errancia. Parafraseando a Freud, podría hablarse de un «regreso de lo
reprimido» que emerge sobre la superficie del pensamiento para paralizarlo en su
vocación de dominio. Dicha sublevación de la experiencia, silenciada en la forma
del Cogito, constituiría la oportunidad para que se despliegue una filosofía arrastrada
por la fuerza modificadora de lo Otro.
Pero, ¿qué y quién es aquello que se pierde en esta filosofía impulsada por la
alteridad? Lo que queda en el camino no es ni más ni menos que la posibilidad
misma de realizar y utilizar cualquier cartografía. El pensamiento se desprende de la
pesada mochila de los referentes, las brújulas, los mapas y las provisiones para
permitir el severo trabajo modificador que el viaje efectúa sobre uno mismo. Y
quién se extravía es el experimentador, entendido como el individuo que se
esfuerza en hacer posibles otras experiencias. Un pensador, en definitivas cuentas,
que desarrolla una filosofía sin retorno.
Ciertamente, todo discurso filosófico nace de un pensamiento insatisfecho, una
idea que resiste y protesta contra la realidad imperante. Sin embargo, no toda
filosofía construye el momento político y moral en que resulta preciso regresar. La
filosofía del viajero se singulariza precisamente por permanecer lejos del abrigo de
cualquier puerto seguro. Su vocación no consiste en volver a casa con las buenas
nuevas, los regalos exóticos y las narraciones nostálgicas de mundos maravillosos.
El pensamiento que viaja se entrega a una otredad irremediablemente inabarcable.
No puede regresar jamás porque ese yo que inició el viaje ha muerto mil veces en la
ruta.

En tal sentido, el exilio representa el estado más propicio para esta forma de
pensar22. Una filosofía de hombres solitarios que atisba la ciudad a lo lejos, sin
discursos en la plaza pública ni ofertas de liberación «a la carta». Una filosofía que
se escucha desde la lejanía como una palabra derrotada, carente de retorno. Pero es
precisamente ahí, en esa imposibilidad del pensar, donde se escribe entrelíneas otra
historia, el relato de una ciudad aún sin habitar. La fractura del sueño político de la
filosofía aparece, entonces, como la constatación no solamente de la fragilidad del
pensamiento, sino de la propia finitud de lo real. El viajero y las ciudades que éste
recorre fluyen en una historicidad radical. El pensamiento sin regreso contiene, por
tanto, la esperanza de un presente que puede ser de otra manera
Por otro lado, el célebre desenlace del juicio a Sócrates –cuando éste rechaza la
condena de exilio y es finalmente sentenciado a muerte- involucraría la instauración
en nuestra cultura de otro tipo de imposibilidad, aquella que ha determinado buena
parte de todas nuestras posibilidades actuales23. La sentencia del juicio platónico a
Sócrates es rotunda: el filósofo no puede abandonar la ciudad, salvo en ese «viaje
especulativo» que le permitiría encontrar las claves para la refundación de la polis.
Es el comienzo de la extensa historia de una sociedad que se pretende diagramar
con el poder de la razón.
Así pues, si uno pretende describir el movimiento de una filosofía que se retira
de la ciudad para envolverla con otra mirada, sería preciso invertir la mitología
socrática del exilio rechazado. Habría que subvertir las palabras que el daimon dirige
al filósofo en sus últimos momentos de vida y que a Nietzsche siempre
obsesionaron24. Decir, por ejemplo: Sócrates, abandona la ciudad y cultiva la música.
Debes recordar que el viaje es cruel y despiadado, y que no existe posibilidad alguna de regresar.


BIBLIOGRAFÍA

ADORNO, TH; HORKHEIMER, M. Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta,
1994.
BERMUDO, JM. Filosofía Política. Vol. I Luces y sombras de la ciudad. Barcelona:
Ediciones del Serbal, 2001.
BOWLES, P. El Cielo Protector. Madrid: Alfaguara, 2001
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HEIDEGGER, M. « ¿Por qué permanecemos en la provincia?», en: De la
Experiencia del Pensar. Santiago de Chile: Universidad de Chile, 1983.
HÖLDERLIN, F. Poemas de la Locura. Madrid: Hiperión, 1979.
LEVINAS, E. Totalidad e Infinito. Ensayo sobre la exterioridad. Salamanca: Sígueme,
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SAFRANSKI, R. Un Maestro de Alemania. Barcelona: Tusquets, 1997.

Notas:
1 Theodor Adorno; Max Horkheimer. Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta, 1994, p. 107.
2 Friedrich Hölderlin. Poemas de la Locura. Madrid: Hiperión, 1979, p. 83.
3 Michel Foucault. Las Palabras y las Cosas. México: Siglo XXI, 1968, p. 54.
4 Platón. República. Libro VII.
5 JM Bermudo. Filosofía Política. Vol. I Luces y sombras de la ciudad. Barcelona: Ediciones del Serbal,2001, pp. 23 y sgtes.
6 Como consecuencia de su amistad con Dión, cuñado de Dionisio- rey de Siracusa- , Platón intenta en tres oportunidades (años 388, 367 y 366 AC) intervenir en la situación política del lugar sin lograr ningún éxito. Finalmente, años después, Dión consigue instaurar una dictadura en Siracusa apoyado por discípulos de Platón. Sin embargo, el régimen dura muy poco, puesto que el nuevo gobernante es asesinado por Calipo, otro discípulo de Platón.
7 JM Bermudo. Filosofía Política. Vol. I Luces y sombras de la ciudad. Op. Cit., p. 36 y sgtes.
8 Friedrich Nietzsche. Así habló Zaratustra. Madrid: Alianza, 1992, p. 40
9 Ib., p. 226.
10 Según lo describe Heine: «Levantarse, beber café, dar clases, pasear. Todo tenía su tiempo
adecuado y los vecinos sabían muy bien que eran las tres cuando Kant, con su abrigo gris, salía de la puerta de su casa con un bastón en la mano y se dirigía a pasear…». Otra anécdota singular sobre Kant guarda relación con su obsesión por el ruido. Consideraba que Königsberg era un lugar bullicioso, lo que le hizo cambiarse en diferentes oportunidades de casa, sin abandonar jamás la ciudad.
11 Heidegger rechaza en 1930 y 1933 abandonar Friburgo e iniciar una carrera académica en Berlín (Cfr.: Rüdiger Safranski. Un Maestro de Alemania. Barcelona: Tusquets, 1997, p. 251-253, p. 314-318). La respuesta a la segunda invitación se publica en 1934 con el significativo título ¿Por qué permanecemos en la provincia? Allí Heidegger afirma: «Y el trabajo filosófico no transcurre cual apartada ocupación de un extravagante, sino que tiene una íntima relación con el trabajo de los campesinos. Mi trabajo se asemeja al del joven campesino cuando sube la pendiente remolcando el trineo de montaña (…) al del pastor cuando con su andar lentamente meditabundo arrea su ganado pendiente arriba (…)». (Cfr.: Martin Heidegger. « ¿Por qué permanecemos en la provincia?», en: De la Experiencia del Pensar. Santiago de Chile: Universidad de Chile, 1983, p. 2.
12 Este argumento desmiente la idea- sostenida por Descartes, Locke o Hüsserl -de que la filosofía es un saber originario absoluto, que poseería un comienzo radical. Por el contrario, la filosofía siempre es expresión de una subjetividad desgarrada y- como señala Ricoeur- solamente puede aspirar a una radicalidad en cuanto a su método.
13 No obstante, este valor de la dimensión biográfica en el estudio de la relación entre la filosofía y el viaje, contiene el peligro de convertir a la anécdota en un espacio de verificación o falseamiento de la obra. Se trata de una acción en la cual suele incurrirse y que representa el principal obstáculo para un estudio sobre las formas de vida filosófica.
14 Paul Bowles. El Cielo Protector. Madrid: Alfaguara, 2001.La novela narra la historia de una pareja de viajeros que se han arrojado a un periplo sin retorno. El título de la obra se explica por el siguiente diálogo que aparece en el texto: «Apoyando la cabeza en el regazo de Kit, contempló el cielo claro.
De vez en cuando, muy suavemente, ella le acariciaba el pelo. El viento subía cada vez con más
fuerza. Lentamente, la luz del cielo perdía intensidad. Kit echó una mirada al árabe; no se había
movido. De pronto le dieron ganas de regresar, pero se quedó absolutamente inmóvil mirando con afecto la cabeza inerte en la que se posaba su mano.
-Sabes –dijo Port, y su voz sonó irreal, como ocurre después de una larga pausa en un lugar
perfectamente silencioso-, el cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás. Kit se estremeció ligeramente.
-¿De lo que hay detrás?
-Sí.
-¿Pero qué hay detrás? –preguntó Kit con un hilo de voz.
-Nada, supongo. Solamente oscuridad. La noche absoluta.»
15 El problema de Lo Mismo y Lo Otro es desarrollado por Levinas principalmente en: Totalidad e Infinito. Ensayo sobre la exterioridad. Salamanca: Sígueme, 1999.
16 Una expresión histórica concreta de este espíritu racional, puede encontrarse en la fundación de las ciudades latinoamericanas. Éstas emergen como consecuencia de un viaje colonizador empapado de la utopía de realizar el orden de la razón sobre el nuevo mundo. De este modo, Ángel Rama explica la proliferación asombrosa de ciudades entre 1519 y 1550 – desde Panamá hasta el sur de Chile- de acuerdo a un diseño estrictamente geométrico. Se trataría de un acto de dominación que tiene por objetivo último evitar la irrupción de una otredad salvaje, exterior a la ciudad, y que en cierto sentido representa el indígena. Cfr.: Ángel Rama. La Ciudad Letrada. Hanover: Ediciones del Norte, 1984.
17 Michel Foucault. Historia de la Sexualidad. Vol. 2. El Uso de los Placeres. Madrid: Siglo XXI, 1986, p.
18 Resulta preciso comprender este «sí mismo» como un movimiento constante que demanda la presencia de lo Otro y del otro, en tanto en cuanto espacio de transformación. Se trata de un
modelo de subjetivación ligado a una dinámica de la exterioridad. Hay que recordar, por tanto, que la ética del cuidado de sí entre los griegos suponía una práctica social, un cuidado del otro.
19 La vida de Descartes también se caracteriza por una serie de viajes que lo llevan por toda Europa, hasta concentrase en Holanda, donde escribe en 1641 las Meditaciones Metafísicas. En tal sentido, este trabajo puede considerarse como el resultado de una serie de exploraciones desarrolladas a lo largo de toda una vida.
20 Michel Foucault. Historia de la Locura en la Época Clásica- Vol. 1. México: Fondo de Cultura
Económica, 1967, p. 75.
21 La crítica de Derrida al planteamiento de Foucault se formula en el artículo «Cogito et Histoire de la Folie» que aparece en su obra L’Ecriture et la Différence (París: Seuil, 1967). Por su parte, Foucault responde a Derrida en un artículo cuyo título es: «Mon Corps, ce Papier, ce Feu» que se publica como apéndice de La Historia de la Locura en su edición de Gallimard en el año 1972.
22 Evidentemente, aquí habría que considerar también la relación histórica que se ha dado entre el exilio y la filosofía. Por ejemplo, el caso del exilio de numerosos filósofos españoles después de la guerra civil, que finalmente contribuyeron de manera decisiva al desarrollo de un pensamiento latinoamericano. De igual modo, si uno atiende a esta circunstancia, pareciera ser que el elemento característico de una filosofía latinoamericana no reside en la búsqueda de la identidad, sino más bien en la reiterada experiencia del exilio político. La cuestión del exilio político evidencia otra figura, donde el viaje se convierte en una condena pero también en un contexto para pensar de otra manera.
23 La imposibilidad del exilio del filósofo se corresponde, en Platón, con la posibilidad del exilio de los poetas (anunciada en La República). Cabe agregar, que la culpa de los poetas reside en confirmar, mediante la imitación de lo real, el reino fantasmagórico de la caverna.
24 Las palabras son « ¡Oh! Sócrates, ejercita y cultiva la música». Aparecen en el diálogo platónico Fedón (60e y 61a) y le son dichas al filósofo en sueños mientras permanece en prisión a la espera de la muerte. Nietzsche recoge el sentido oculto y enigmático de estas palabras en: El Nacimiento de la Tragedia. Madrid: Biblioteca Nueva, 2007, p. 184.


Ed. 23.05.09.-

Saturday, May 02, 2009

Texto 03.

Departamento de Filosofía
Profesor: Jorge Henríquez M.
Nivel: Cuarto Medio.
Contenido: Texto 03.

Las Caoides.

1.-El Caos.

Ya Hegel había anticipado que en un principio el ser y la nada son una unidad. Constituyen entre sí una ecuación perfecta que carece de contenidos: un caos. Una totalidad perfecta. (Cp. La ley cero de la termodinámica y la segunda ley de esta teoría.)

El caos se define menos por su desorden que por la velocidad infinita por la cual se disipa toda forma apenas bosquejada. Es un vacío, pero no corresponde a la nada; es una virtualidad que contiene todas las partículas posibles y extrae todas las formas posibles que surgen para hacerlas desaparecer en seguida, sin consistencia ni referencia, sin consecuencia. Es una velocidad infinita de nacimiento y desvanecimiento
Pero en esta indeterminación y vacío surge una primera fractura en la Totalidad: la posibilidad de una diferencia entre el ser y la nada, el comienzo del devenir en que la indistinción entre ser y nada ha sido anulada. En el torbellino hay una línea, un pliegue que separa al ser de la nada; el ser es el despliegue , el poner en acto lo que contiene el pliegue. La nada es el repliegue, lo que no llegó a cristalizar, o bien es el despliegue sin final, como cuando al pelar una cebolla al fin nos quedamos sin nada.
Con el devenir, el ser y la nada inician su distanciamiento, su mutua negación y de esta lucha surge la realidad como expresión de la diferencia entre lo indeterminado y lo determinado, entre lo amorfo y lo singular, entre el desorden y el orden. (Cosmológicamente esto se expresa como la curvatura del espacio y la relatividad del tiempo.) Las interacciones son lo que hacen que la nada llegue a ser algo; en efecto, “para que haya organización es preciso que haya interacciones, para que haya interacciones es preciso que haya encuentros, para que haya encuentros es preciso que haya desorden (agitación, turbulencia).” (1)
Desde la distancia, la realidad nos parece continua, pero al hacer una aproximación vemos que tal continuidad es en verdad un torbellino, un infinito de singularidades o pliegues. ‘Singularidad’, porque cada pliegue es único e irrepetible. La posibilidad de aparición de un pliegue es ‘simple’= infinita y genérica, pero su probabilidad es compleja= local e inestable. Por ejemplo, el Universo se expande a través de una curvatura conformada por pliegues de espacio-tiempo. Lo real nos parece estable porque los pliegues generan consistencia, pero lo real es esencialmente un gran despliegue de inestabilidad.
El caos escapa a toda predicción posible, y por esto es que más que oponerse al orden, se opone al determinismo. Por ejemplo en física, un movimiento determinista es la trayectoria de una partícula que en un tiempo presente x marca el desarrollo para dicha partícula en un tiempo futuro y. Así por ejemplo, el lanzamiento de una pelota es calculable a partir de la posición original del lanzador. Pero hay casos más complicados en donde la evolución de la partícula es previsible pero no predecible. Como se dice en los institutos de meteorología: “se puede prever el tiempo que hará pero no predecirlo”. Edward Lawrence bautizó este fenómeno como el efecto mariposa: “El aleteo de una mariposa en Australia produce una tempestad algunos meses más tarde en Puente Alto”. Como se observa la causa del caos es la extrema sensibilidad a las condiciones iniciales; de allí viene su carácter no determinista.


(Revise apuntes de Tercero Medio en que se trata el concepto de caos en el contexto del paradigma de la complejidad.)

Cuando la diferencia entre lo que se despliega y lo que se repliega es clara, entonces hay un
principio de orden. Cuado esta diferencia es inestable, cuando hay in-diferenciación lo real es complejo e indeterminado; se le llama turbulencia y catástrofe (la forma adquiere mayor velocidad que el contenido). (Así también es un pliegue lo que separa a lo real de lo imaginario.)

2.-El Hombre
Ahora bien, si Nietzsche estuvo en lo correcto al anunciar la muerte de Dios, o sea si dios no existe, entonces el Hombre, nosotros somos caos. Antes del nacimiento de Cristo ya el poeta Lucrecio lo había sospechado: “algunas veces en tiempos y espacios indeterminados, la universal caída de los átomos es perturbada por una ligera desviación: el clinamen. El vórtice que de esto resulta permite la aparición del mundo, de todas las cosas naturales”.

“Ciertamente no hubo un designio por el que los átomos se colocaran en un orden particular, ni decidieron ellos qué movimiento debía hacer cada uno. Los átomos se dieron golpes de muchas maneras y fueron acarreados por su propio peso infinitas veces hasta el presente. Se han acostumbrado a moverse y a encontrarse de muchas maneras. Por esta razón resultó que luego de verse dispersados en todas direcciones a través de un tiempo muy vasto, y probando toda clase de combinación y movimiento, a la larga se unieron para formar grandes cosas, como la tierra, el mar, el cielo, y la generación de las criaturas vivientes.” (2)
Por mucho tiempo la turbulencia fue identificada con el desorden o ruido. Hoy se sabe que no es así. En efecto, mientras el movimiento turbulento aparece como irregular o caótico en una escala macroscópica, está por lo contrario esta turbulencia altamente organizada a nivel microscópico. Visto desde este modo, la transición desde la estabilidad del flujo universal hacia la turbulencia es un proceso de auto-organización. [Cp. Autopoiesis ] Parte de la energía del sistema, que en el flujo estable estaba en el movimiento térmico de las moléculas, está siendo transferida a movimiento microscópico organizado.
Los hombres procedemos del caos, duramos un instante y luego desparecemos en el caos.

Sin embargo, no todo está perdido. Por ejemplo el filósofo Deleuze sostiene que el hombre es Acontecimiento: el caos sufre una sección, un corte. Y en esa herida aparece, oh milagro!, una consistencia, una realidad que ha escapado del caos, aparece nuestra identidad. El acontecimiento es anterior a la distinción sujeto/objeto (y a todos los pares de opuestos con que el dualismo ha intentado pensar la realidad). El acontecimiento rompe la homogeneidad del ‘mundo verdadero’ cuya lógica sólo manejaba fórmulas para cosas estables.Por ello, no sirve la lógica binaria para pensar este tipo de entes.
Entendernos a nosotros mismos como acontecimiento quiere decir que no podemos ser reducidos a una ley determinista (como lo hace el mecanicismo); pero tampoco ser reducidos a un caos arbitrario (como lo hace el nihilismo). En lugar de entender al acontecimiento desde el determinismo, mejor intentar entenderlo en términos de inestabilidad, de horizonte temporal, de atractor fractal. Según Deleuze esto quiere decir que el acontecimiento está en un plano de inmanencia, y este plano es fractal porque nunca se llega al horizonte que se señala. Como aclaración, considere esta oposición entre un ‘principio geométrico’ y un ‘principio fractal’: para Euclides, el orden geométrico tiende a la linealidad, a la eliminación de lo irregular y discontinuo. Supone que las formas generales no son afectadas por la contingencia espacio-temporal, y estamos a un paso de declarar que el orden clásico de las formas es el resultado de una voluntad de modelamiento. Contrariamente el principio fractal (o ‘geometría fractal’), piensa que el carácter fractal de las formas está asociado a la indeterminación y la singularidad. Las irregularidades infinitesimales de los objetos efectivos, naturales no son reducidas analíticamente sino que tratadas cuantitativamente.
El acontecimiento surge del devenir. Los hombres vivimos en este devenir y allí es donde surgimos como acontecimiento.El devenir es el punto donde se relacionan, se unen lo simple y lo complejo, se mezcla el pasado, el presente y lo futuro. Por esto es que el devenir no está en el tiempo, es una espera infinita que ya ha pasado infinitamente. En los sistemas simples o estables, todas sus trayectorias convergen hacia un mismo atractor. Pero en los sistemas complejos o inestables se han descubierto atractores fractales (Mandelbrot) causantes de un comportamiento caótico para el que no es posible describir una trayectoria sino sólo un horizonte. Sin embargo por esto mismo un sistema caótico no debe ser entendido como el puro azar o el desorden.


Entendernos a nosotros mismos como acontecimiento quiere decir que los hombres somos relación, no somos cosas materiales ni un agregado mecánico de partes simples. No preexistimos al encuentro con el Otro, sólo somos en tanto que estemos ‘en relación con’..
Como acontecimiento fluctuamos en dos direcciones opuestas: hacia un estado de cosas actual, finito o hacia la pura virtualidad, lo infinito. En la virtualidad nada ocurre, no hay tiempo. En cambio, la actualidad ocurre en un instante. Como ejemplo de acontecimiento, considere el encuentro de dos hombres que miran la misma cosa, pero ven un objeto distinto cada uno de ellos ( una misma mujer para un observador x es atractiva sexualmente, mientras que para el observador y, esa mujer es mi querida madre). Este objeto es un acontecimiento.

3.-Las caoides.
Pero los hombres somos débiles y tendemos a olvidar que somos una suerte de anomalía en el caos. Es así que pedimos un poco de orden para protegernos del caos. No hay cosa que resulte más dolorosa, más angustiante que la pérdida de lo que amamos, de las ideas, de las cosas. Por este motivo nos asimos con fuerza a opiniones establecidas. En estas opiniones encontramos reglas, normas, un orden que nos protege. Nos formamos una opinión y la usamos como una especie de paraguas que nos protege del caos.
Pero el caos, para disgusto del orden establecido, tiene tres hijas: la ciencia, la filosofía y las artes. Curiosamente estas tres disciplinas quieren que rompamos el paraguas protector y nos sumerjamos en el caos. Las tres disciplinas proceden por crisis o sacudidas. La lucha contra el caos no puede darse sin afinidad con el enemigo, porque hay otra lucha que se desarrolla y adquiere mayor importancia, contra la opinión que pretendía no obstante protegernos del propio caos. Pero sólo a este precio se vence al caos: la lucha contra el caos no es más que la lucha más profunda contra la opinión, pues de la opinión procede la desgracia de los hombres, como lo anunció Buda hace ya tiempo.

Las realidades generadas por estas tres disciplinas se llaman caoides, porque es un caos que ha sido transformado para uso del hombre.
En un texto violentamente poético, Lawrence describe lo que hace la poesía: los hombres incesantemente se fabrican un paraguas que les resguarda, en cuya parte inferior trazan un firmamento y escriben sus opiniones; pero el poeta, el artista practica un corte en el paraguas, rasga el propio firmamento, para dar entrada a un poco del caos libre y ventoso para enmarcar en una luz repentina una visión que surge a través de la rasgadura, la noche estrellada de Neruda o la manzana de Cézanne o la silueta de Macbeth. Entonces aparece la multitud de imitadores que restaura el paraguas con un paño que vagamente se parece a la visión, y la multitud de glosadores que remiendan la hendidura con opiniones: es la comunicación. El artista, como se ve, pelea menos contra el caos que contra los tópicos de la opinión. El pintor no pinta sobre una tela virgen ni el poeta escribe sobre una página en blanco sino que la página y la tela están ya tan cubiertas de tópicos preexistentes, peestablecidos que hay primero que tachar, limpiar, incluso desmenuzar para hacer que pase una corriente de aire surgida del caos que nos aporte una visión iluminadora del caos. El arte efectivamente lucha con el caos pero para hacer surgir una visión que lo ilumine un instante. El arte pelea con el caos para arrebatarle las armas que dirige contra la opinión, para vencerla con armas de eficacia comprobada.



Después el filósofo, el científico el artista, regresan del país de los muertos.


3.1.-El científico regresa del caos con unas variables convertidas en independientes porque ha desacelerado la velocidad infinita del caos. Toma el científico un trozo de caos , lo pone en un sistema de coordenadas finitas a partir de las cuales un observador parcial forma un plano de referencia, que abarca desde las probabilidades locales hasta una cosmología global. Todo esto expresado en proposiciones.
A diferencia de la filosofía, la ciencia renuncia a lo infinito, a la velocidad infinita, para adquirir una referencia que pueda actualizar lo virtual. La filosofía sin renunciar a lo infinito le da una consistencia a lo virtual mediante los conceptos; la ciencia, en cambio, le da una referencia a lo virtual para actualizarlo mediante las funciones.
El plano de referencia en que opera la ciencia es como una detención del movimiento en una imagen. Es una desaceleración fantástica, y la materia se actualiza en virtud de esta desaceleración. Una función es una desaceleración. Reducir la velocidad equivale a poner un límite al caos; este límite forma una constante universal que no se puede superar. Y debajo del límite están las variables. El plano de referencia sólo contiene una relación entre valores de la variable.
El objeto de la ciencia no son, pues, conceptos sino funciones.Estas funciones operan como proposiciones. Las proposiciones se refieren a objetos. Y los objetos son construidos por la funciones.

3.2.-El artista vuelve con figuras estéticas, es decir, un plano de composición que si bien está hecho de materiales finitos realiza el milagro de hacer aparecer otra vez lo infinito. En la experiencia estética lo finito actualiza lo infinito. El arte toma un trozo de caos en un marco, para formar un caos compuesto, un caosmos como decía Joyce. El arte conserva, en el lienzo, en las palabras, y lo que conserva es un bloque de sensaciones: este bloque está compuesto de perceptos y de afectos; ahora bien, los perceptos ya no son percepciones porque no remiten a un objeto, y los afectos ya no son afecciones(sentimientos decimos en Chile): ya son independientes de las personas que alguna vez los experimentaron; las personas pasan por estos objetos y los objetos quedan; (el percepto es el paisaje de antes del hombre, en la ausencia del hombre; y los afectos son los devenires no humanos del hombre. –Cezanne: el paisaje es invisible porque cuanto más penetramos en él somos sustraídos del mundo objetivo pero también somos sustraidos de nosotros mismos. No se está en el mundo, se deviene con el mundo---). Las sensaciones, o sea un compuesto de perceptos y afectos, son seres que valen por sí mismos y exceden cualquier vivencia. Están en la ausencia del hombre porque el hombre es él mismo un compuesto de perceptos y afectos.

El artista crea bloques de perceptos y de afectos, y la única ley de la creación artística es que el compuesto se sostenga por sí mismo. Conseguir que se sostenga en pie por sí mismo es lo más difícil.
Y otra maravilla del arte: aun cuando el material durara sólo unos segundos, daría a la sensación el poder de existir y de conservarse en sí en la eternidad que coexiste con esta breve duración. Mientras el material dure, la sensación es eterna durante esos mismos instantes (Según Artaud, Van Gogh es el único pintor que nos hace olvidarnos que estamos ante una pintura. A Van Gogh no le sobra materia: toda la convierte en sensación. [cp. del film “Amadeus” la ocasión en que el emperador José II observa a Mozart el que sus obras contienen:’ too many notes, my dear Mozart’] .)


Los artistas son como los filósofos : tienen a menudo una salud precaria y frágil, pero no por culpa de sus enfermedades ni de sus neurosis, sino porque han visto en la vida algo demasiado grande para cualquiera, demasiado grande para ellos, y que los ha marcado discretamente con el sello de la muerte. Pero este algo es también la fuente o el soplo que los hace vivir a través de las enfermedades.

3.3.-El filósofo retorna con el concepto: el concepto está en el plano de inmanencia de que hablaba Deleuze más arriba. Por eso sólo la filosofía puede manipular conceptos. El concepto se define por la inseparabilidad de un número finito de componentes heterogéneos recorridos por un punto en sobrevuelo absoluto, a velocidad infinita.El concepto expresa sólo acontecimientos, no cosas ni ideas ni esencias. El concepto no se refiere a nada, no es una proposición : es autorreferencial, se plantea a sí mismo y plantea su objeto. Es conocimiento, sí, pero conocimiento de uno mismo, y lo que conoce es el acontecimiento puro, que no se confunde con el estado de cosas en el que se encarna. La filosofía debe deslindar siempre un acontecimiento de las cosas [cp Maturana: acto de distinción/ diferencia estructura y organización].
La ciencia y la filosofía siguen dos sendas opuestas, porque los conceptos filosóficos tienen como consistencia acontecimientos, mientras que las funciones científicas tienen como referencia estados de cosas. La filosofía usa los conceptos para extraer del estado de cosas un acontecimento consistente, una sonrisa sin gato: la ciencia, en cambio, usa las funciones para actualizar el acontecimiento, o sea, convertirlo en cosa referible.
El concepto sirve para ‘salvar al infinito’, o sea para darle consistencia, Un concepto no es una idea. Ésta es una ficción, en el mejor de los casos un instrumento que el concepto usa para llegar a un ser real, o sea, a un acontecimiento. El concepto surge allí donde la filosofía ha seccionado el caos dándole consistencia, o sea realidad. El concepto es una realidad caoide: remite a un caos que se ha vuelto consistente. Aplicado al hombre mismo, el concepto es lo que permite que el acontecimiento salga del caos, y que pueda constituir al hombre. Pero también el concepto es lo que impide que el acontecimiento que somos se agote en un estado de cosas fijo y final. Cuando me estoy convirtiendo en cosa, el concepto me devuelve hacia el devenir (que es virtualidad y no actualidad) y puedo volver a empezar. Con el concepto el hombre se está creando continuamente.

Mallarmé aludía a esto con la imagen del Mimo, porque éste esquiva el estado de cosas y se limita a una alusión perpetua sin romper el hielo. Semejante mimo no imita la vivencia sino que construye el concepto. No busca la función de lo que sucede, sino que extrae el acontecimiento, o sea la parte que no se deja actualizar, la realidad del concepto. No desear lo que ocurre, con esta falsa voluntad que se queja y se defiende, y que se pierde en la mímica, sino llevar la queja y la furia hasta el punto en el que se vuelven contra lo que ocurre, para establecer el acontecimiento, extraerlo, sacarlo en el concepto vivo. La filosofía no tiene más objetivo que volverse digna del acontecimiento. El mimo es el concepto efectuando el movimiento infinito.

Difícil trazar la línea divisoria entre arte y filosofía.

Considere aun lo que un payaso de circo le dijo a Jodorowsky:

“Soy un payaso. Un ser imaginario que vive en un universo onírico: el circo. Sin embargo los sueños son reales como símbolos. El espectáculo se desarrolla en una pista circular, un mandala, una representanción del mundo, del universo. La misma puerta es a la vez entrada y salida. Eso quiere decir que la meta es el origen. Sales de la nada, llegas a la nada.
Cuando vemos en la pista trabajar hermosos caballos, elefantes, perros, pájaros y toda clase de fieras, comprendemos que la conciencia puede domar nuestra animalidad, no reprimiéndola, sino dándole oportinudad de realizar tareas sublimes. La bestia, al saltar a través de un aro en llamas, vence el temor a la perfección divina y se sumerge en ella. […] El lanzador de cuchillos nos enseña que sus hojas metálicas, símbolos del verbo, son capaces de circundar a la mujer atada en el blanco, símbolo del alma, sin herirla. Las palabras son dominadas para eliminar de ellas la agresividad y ponerlas al servicio del espíritu: la finalidad del lenguaje es mostrar el valor del alma, valor que es entrega absoluta. El tragador de sables nos muestra en qué manera total, sin ofrecer ningún obstáculo, se acata la voluntad divina. La menor oposición causa heridas mortales. La obediencia y la entrega son la base de la fe. El hombre que escupe llamas simboliza a la poesía, lenguaje iluminado que viene a incendiar al mundo… Los contorsionistas nos enseñan cómo liberarnos de nuestras formas mentales anquilosadas: no se debe aspirar a nada permanente. Hay que construir con valentía en la impermanencia, en el cambio continuo. Los trapecistas nos invitan a elevarnos de nuestras necesidades, deseos y emociones para conocer el éxtasis de las ideas puras. Ellos evolucionan hacia lo celestial, la mente sublime. Los prestidigitadores nos dicen que la vida es una maravilla: no hacemos los milagros, aprendemos a verlos. Los equilibristas muestran cuán peligrosa es la distracción: lograr el equilibrio significa estar por completo en el Presente. En fin, los malabaristas nos enseñan a respetar los objetos, conocerlos profundamente, ubicando el interés en ellos y no en nosotros mismos. Gracias al afecto y dedicación, aquello al parecer inanimado, nos puede obedecer y enriquecer.” (3)



Notas:

(1) E Morin: El método. La naturaleza de la naturaleza.
(2) Lucrecio: De rerum natura.
(3) A. Jodorowsky: La danza de la realidad.


Bibliografía:
Deleuze/Guattari: Qué es filosofía.
I. Prigogine.: Entre el tiempo y la eternidad.
Lucrecio: De rerum natura.
M. Colodro: Reflexiones sobre el caos.
A. Spire: El pensamiento de Prigogine.


29.04.09. Saturn.

Tuesday, March 31, 2009

Texto 01.

Profesor: Jorge Henríquez M.
Asignatura: Filosofía.
Nivel: Cuarto Medio.
Contenido: Texto 01. Introducción.

1.- El contexto.
Con el fin de que un curso de filosofía tenga sentido para un alumno de cuarto medio (“¿qué hago con mi existencia?”), se examinará al lenguaje como aquello que ha quedado a la vista después de ‘la muerte de Dios’.


Entrevista a Rafael Echeverría. (1)
Manuel Feliú.
El Mercurio 15.10.06.

Los ideales que otrora fundamentaron y propulsaron el movimiento de sociedades enteras hoy se encuentran en crisis. Esto lo que Echeverría llama la caída del modelo metafísico, es decir, la caída de la forma de comprender la realidad que se originó con Platón y Aristóteles y que puso al ser como fundamento absoluto y último de ésta. Hoy ha cambiado el paradigma bajo el cual nos movemos y los patrones por los que regimos nuestra conducta se encuentran en transformación, hecho que nos obliga a encontrar nuevas respuestas.
Echeverría (sociólogo y doctor en filosofía de la universidad de Londres) ha dedicado su vida a una investigación permanente sobre los fundamentos del ser humano, cuestión que lo llevó en un inicio a interesarse por Marx para luego alejarse en busca de filósofos que dieran cuenta de este cambio radical que mencionamos. Es así como se aproximó a las filosofías de Feuerbach y Nietszche, a Buber, a Heidegger, a Foucault y a Vattimo, todos ellos pensadores en que esta temática encuentra momentos de reflexión notables. Desde que conoce a Fernando Flores y a Humberto Maturana, el derrotero de su pensamiento se orienta hacia una visión sistémica de la existencia humana, poniendo el acento en el punto de vista del observador, cuestión que naturalmente hereda de la ontología del observador de Humberto Maturana. En esos años en California desarrolla su libro más conocido La ontología del lenguaje , como un modo de responder a algunas interrogantes que la línea de investigación de Flores había dejado abiertas. Hoy, a través de su empresa Newfields, tiene presencia en varios países hispanoparlantes en los que ha desarrollado couching ontológico como una forma eficiente de resolver problemas al interior de las empresas, las que también se enfrentan a los nuevos desafíos de este cambio de paradigma.
Próximamente en Chile está por ser publicado su libro Por la senda del pensar ontológico.

-¿Cuáles crees tú que son los antecedentes necesarios para comprender este cambio de paradigma que propones estamos viviendo?

“Estamos viviendo una de las mutaciones más importantes que podemos enfrentar, una crisis fundamental de las categorías básicas con las cuales operábamos, el cambio radical de nuestra concepción sobre cómo somos los hombres y dónde se pone en cuestión una respuesta hegemónica que definió el conocimiento, las formas de vida y una ética de la convivencia desde hace más de dos mil años. Este proceso de transformación se inicia hace casi doscientos años con Feuerbach, cuando se lanza en picada contra el edificio hegeliano y luego con Nietzsche. En un orden completamente distinto pero complementario, ambos filósofos se enfrentan al orden metafísico imperante anunciando la caída de éste, orden que surge con Platón y Aristóteles y que pone al ser como fundamento de la realidad, fuente de toda verdad y justificación última de nuestra conducta. Estamos en una crisis del criterio de unicidad y eso es lo central del pensamiento metafísico, que culmina en un punto único, inmutable y trascendente donde nos subordinamos todos y del que normalmente algunos se apropian, reivindicando ser su encarnación y procurando someter a los demás a su parecer, porque ellos aseguran que tienen el mejor acceso a la verdad. Hoy día lo que está en cuestión es eso, que se traduce en la mutación de una concepción fundamental del ser humano, en el cuestionamiento y articulación de una nueva concepción alternativa que pone el énfasis en la transformación siguiendo el camino alternativo de Heráclito. Este cambio de paradigma es fruto de la caída de la metafísica tradicional y de los sistemas totalitarios que mencionábamos, cuestión que abre un nuevo orden, que pone el énfasis en la acción y que pone en cuestión la noción de verdad, que defiende la perspectiva de la interpretación y que afirma la multiplicidad del fenómeno humano incorporando aspectos despreciados por la metafísica como son la corporalidad y la dimensión emocional –como lo muestra Nietzsche- y en donde, sin despreciar la razón, se le da un papel completamente distinto, y donde comienzan a establecerse bases para respuestas en todos los ámbitos totalmente nuevas. Es un claro donde el ser humano y toda actividad humana y el sentido de la vida y de las modalidades de convivencia se articulan en claves totalmente desconocidas hasta ahora”.

-Tu discurso es consustancial con el ser, en la medida en que lo requieres permanentemente para articular desde él tus posiciones. ¿Qué lugar epistemológico ocupa el ser?

“Creo que no hay mayor posibilidad de conocimiento si prescindimos de la noción de ser. La noción de ser tiene un rol fundamentalmente epistemológico porque inaugura la posibilidad del conocimiento. No podemos erradicar por completo esta noción, lo más que podemos hacer es relativizarla, pero no anularla por completo. Yo no puedo decirte que puedo prescindir de referencia alguna al ser porque comprometo la capacidad de conocimiento, y es por eso que sostengo con mucha fuerza que no rechazamos la noción de ser, siempre estamos siendo de cierta forma y aunque lo articulamos de forma imperfecta no puedo prescindir de que siempre estamos siendo. A lo que nos oponemos es a la absolutización del ser que lo congela y que hace de la acción un reflejo de un ser inmutable previamente constituido. La tesis central que proponemos es que la acción genera ser, justamente lo in verso del postulado metafísico que pone al ser precediendo a la acción, para nosotros el ser es generado y está generándose siempre en función del comportamiento. A la vez que refleja el comportamiento, el ser lo está constituyendo y eso es parte central de nuestra propuesta. Es por eso que me gusta que te refieras al ser desde un punto de vista epistemológico, pues creo que no hay posibilidad de conocimiento si eliminas por completo la noción de ser, el verbo ser es un artificio del lenguaje que hace posible el conocimiento.”

-Tener conciencia de esta problemática también implica asumir la responsabilidad de que lo que nosotros estamos diciendo probablemente no pueda ser respaldado desde el horizonte de la verdad...

“Absolutamente... y esto implica entonces que sólo podemos afirmar conjeturas, posibilidades. A mí personalmente me encanta descubrirme cuando mis propias conjeturas se caen, pues es como la reivindicación de que uno no puede son ofrecer una interpretación dentro de un mundo de infinitas interpretaciones y que estamos inevitablemente condenados a ser demostrados falsos.”

-¿De qué manera la ontología del lenguaje es una herramienta útil para enfrentar este nuevo orden?

“La ontología del lenguaje se pregunta por los condicionantes del actuar humano, por los condicionantes visibles y no visibles del actuar humano. Cuando las posibilidades de acción están limitadas, la metafísica da cierto tipo de respuestas, y nuestra lucha es contra esa metafísica, la que llevamos en la sangre, la que da respuestas condicionadas cuando no ve posibilidades distintas de la respuesta. “La ontología del lenguaje” nos identifica a identificar con claridad los condicionantes ocultos de nuestro comportamiento.”



Esta propuesta generó el rechazo de algunos lectores de “El Mercurio”.
Cartas sobre este artículo.

1.- S. Peña y Lillo.

“Señor Director:

He leído en Artes y Letras del domingo 15 de Octubre la entrevista en la que don Rafael Echeverría postula el fin del modelo metafísico y sostiene la necesidad actual de utilizar un nuevo ‘paradigma’, donde no existiera un ser preestablecido, sino cambiante y generado por el propio comportamiento humano.
No soy filósofo, sino médico, y sólo puedo opinar desde la perspectiva clínica, en la cual es impensable la ausencia de ser o modelo preestablecido y arquetípico, que condicione el normal desarrollo organísmico. De no existir, sería imposible formular un criterio para distinguir lo sano y lo patológico. Sin duda, existen variedades, tanto del comportamiento somático como anímico y aun pueden estimarse como ‘nuevas formas de ser’, pero de un ser anómalo y aberrante (diabético, eszquizofrénico, etc.), precisamente porque constituyen una transgresión de la ‘normatividad psico-biológica de la vida’: de aquello ‘que es como debe ser’; es decir, de lo quie coincide con la potencialidad genética de su ser original, ya presente –al menos en lo esencial- en el óvulo recién fecundado.
Es posible que mi comprensión de un tema ajeno a mi oficio sea imperfecta. Es, por lo mismo, que pienso de interés para los lectores el poder conocer la visión de otros filósofos, que sí pueden reflexionar con autoridad sobre este desconcertante dilema gnoseológico y metafísico.”



2.- H. Herrera.
D. Phil. Universidad de Würzburg.
Prof. Filosofía Moderna, Universidad de los Andes.

“Señor Director:

Respondiendo a la sugerencia del Dr. Peña y Lillo en carta publicada ayer, quisiera comentar dos puntos de la entrevista de Artes y Letras al Prof. Rafael Echeverría.
En primer lugar, la crisis del ‘modelo metafísico’ no se inicia con Feuerbach, sino, cuanto menos, con Kant. La crítica kantiana de la pretensión metafísica de conocer la ‘cosa en sí’, lo mismo que las ideas de Dios, de alma y de mundo, ya abre paso a un nuevo modo –no ‘metafísico-tradicional’- de filosofar.
Queda por determinar si el ‘modelo metafísico’ se encuentra efectivamente en crisis terminal. ¿No hay acceso directo al ser? Esta es una pregunta con muchas implicancias que no alcanzan a ser planteadas ni resumidamente aquí. Sin embargo, me atrevo a dejar ‘puesta’ una indicación. La determinación de lo que es puede ser alcanzada en una experiencia designable ‘vivencia de la nada’. Ella se logra al radicalizar la atención hacia nuestra existencia. En esa radicalización, las certezas cotidianas caen. Segura, en cambio, es nuestra muerte: la posibilidad de acabar completo. Contra el trasfondo de la posibilidad de la muerte, se muestra, sin embargo, el ser-del-yo. Aquí, surge el yo, indudable en cuanto es: el ser, en el yo como lo que aún no se acaba, sino que es.
Laestructura trascendental kantiana no parece capaz de de condicionarnos de tal modo que el acceso al ser,a su vez, condicionado. Para condicionar, debiera ‘ser’ de algún modo. Como pura nada, como aquella con que nos topamos en la vivencia descrita, no podría operar. El ser se manifiesta como ‘lo que queda más acá de la nada’, como lo que ‘es’ en cuanto ‘no es nada’. Esta visión, como tal, está más allá de toda condición. Que el yo ‘es’, en cuanto no ha caído en la nada, no parece desmentible.
Y en segundo lugar, Echeverría no distingue adecuadamente entre el orden del conocimiento y el orden político, al vincular la caída de la metafísica tradicional con la caída de los sistemas totalitarios. Esta vinculación, que no es original de Echeverría (se detecta, p. ej. En Popper y Kelsen) resulta problemática. La afirmación de una dignidad humana dada (‘metafísica’) parece predisponer mejor al respeto del otro que la idea de una condición humana total o parcialmente ‘construida’. Los socialismos reales, apoyados en la noción marxista de humanidad construida, atropellaron la dignidad de millones. En cambio, los padres de la moderna democracia creían en una dignidad fundada en un orden metafísico.”







2.- Dos Modelos de Realidad.

Ya los antiguos griegos postularon tres modelos de realidad, para solucionar la cuestión de hacia dónde encontrar la unidad que es el fundamento de la multiplicidad:

2.1.- El camino del mundo.
La realidad es lo Φυσις. (2) Se busca hacia abajo. Este modelo naturalista ha creído que la realidad consiste en una totalidad sin partes, sin cosas diferentes y opuestas entre sí. Se le ha llamado holismo a esta forma de pensar (del griego оλον = todo ). En el caso del hombre, éste habría formado parte de la naturaleza, sin necesidad de tener conciencia ni civilización. El cosmos en su totalidad habría sido a la vez material y espiritual; los dioses y la naturaleza eran lo mismo, y los hombres éramos parte de esta totalidad continua. La realidad es un sistema circular en que las partes son funcionales al todo, es decir están entre sí en una relación de interdependencia, lo que impide pensarlas como distintas entre sí: sujeto y objeto no pasan de ser nombres puestos a sendas abstracciones operativas, habiendo en verdad una conexión de naturaleza no material entre todas las ‘cosas’ del universo. Este sistema circular ‘ecológico’ es llamado La Mente, y es análogo a un sistema cibernético pero no inerte sino que dotado de vida. Históricamente, esta epistemología se correspondió con las primeras formas de representación de la realidad elaboradas por el pensamiento humano, y se conservó hasta fines de la Edad Media bajo la forma de alquimia, esoterismo, ocultismo, y otras denominaciones, siendo finalmente derrotada por el pensamiento racionalista triunfante en el Renacimiento.



2.2.-El camino de Dios.
Este es un modelo metafísico: postula que lo real está μετά = más allá lo φΰσις = la realidad natural. Es un modelo transcendentalista pues cree que el mundo material es una ilusión sostenida desde arriba por el mundo espiritual. (En cambio 2.1. es inmanentista pues cree que la realidad se sostiene por sí misma y no tiene nada debajo.) Esto en filosofía se llama dualismo: hay dos mundos, uno verdadero, falso el otro, bueno uno, malo el otro. El mundo material es cambiante; eterno e inmutable es el mundo del espíritu.
Platón primero y el cristianismo después refuerzan la idea de que el mundo espiritual es superior al mundo material. En el hombre, este dualismo es vivido como la oposición entre el cuerpo material y el alma. A través del cuerpo recibo información del mundo material y sólo la razón me permite pensar el mundo verdadero. El sentido de la vida humana es soportar las miserias del mundo material y llega después de la muerte mi alma inmortal a reunirse con Dios.

2.3. El camino del hombre.
Es el modelo antropológico. Se busca no hacia abajo ni hacia arriba sino hacia los lados. A diferencia de los dos modelos precedentes, aquí no hay una realidad externa al hombre, sea material o espiritual: el hombre es el fundamento de la realidad. Si hay una realidad más allá del alcance del hombre, no lo podemos saber. Esta idea que, como veremos en este curso de filosofía, ha ido siendo aceptada por la ciencia del siglo xxi, había sido postulada ya por unos filósofos griegos llamados sofistas. Protágoras: El hombre es la medida de todas las cosas.
No se puede ahora distinguir entre realidad e interpretación de la realidad. Ya no hay una verdad objetiva, válida para todos sino que hay verdades relativas a los sujetos. En el mejor de los casos, la verdad y el bien moral son convenciones, acuerdos a que los hombres llegan entre sí.


2.4. Reducción.
Las ideas son mapas para ubicarse en la realidad. Simplifiquemos el mapa precedente y reduzcamos los tres modelos a dos.

En efecto, a través de la historia, los modelos 1 y 3 han tendido a converger, incluso a fusionarse como está ocurriendo en la ciencia del siglo xxi. El hombre puede ser pensado como parte de un proceso natural, como viajero del cosmos. Dos importantes ejemplos de esta reducción:
La filosofía de B. Spinoza. Ya en el siglo xvii este filósofo tuvo la audacia de pensar que la materia y el pensamiento son ‘modos de Dios’ por lo que el hombre si bien pierde su libertad al ser parte de una realidad más grande que él, esta realidad es más que naturaleza: es la divinidad misma.
El segundo caso es, ciertamente, la teoría evolucionista de Darwin que no necesita mayor presentación.

Qué pierde el hombre con esta reducción?

Se han mencionado tres célebres ‘derrotas del hombre’a través de la historia de las ideas, ejecutadas por :
Copérnico,
Darwin,
Freud.

Habría una cuarta derrota, desde fines del siglo pasado. Lo invitamos a investigar esta cuestión.

¿Qué gana el hombre con esta reducción ?

En el texto “Tres creadores” (ver textos de tercero medio) (3), el hombre es el producto de un largo proceso cósmico, un producto de alta complejidad, dotado de atributos desconocidos para las especies ‘inferiores’. A los tres cerebros que identifica la ciencia, se ha añadido un cuarto cerebro: el lugar donde se procesan los significados. (4)

Además, a mediados del siglo pasado aparece en física el polémico principio antrópico. En su versión más dura, significaría que desde que hay Universo todo habría ocurrido para que apareciera el hombre y diera una explicación del Universo.



2.5. Tenemos pues dos modelos.
(Consulte los textos sobre complejidad usados en 2008.)

Modelo Metafísico Modelo Físico (en la acepción griega)


Trascendencia Inmanencia
Linealidad Circularidad
Orden Caos
Ser Hacer
Heterenomía Autonomía
Eternidad Temporalidad
Razón Sensibilidad
Objetividad Interdependencia


3.-Crisis del modelo metafísico.

Gott ist tot.

Con esta frase Nietzsche le da expresión al ateísmo que venía desarrollándose ocultamente en la filosofía. El ateísmo significa que no existe un mundo verdadero debajo, más allá de este mundo, que es el único que hay. La ausencia de Dios es nihilismo en el sentido de que la realidad que queda carece de fundamento, es amoral, es irracional, carece de sentido, es caos. Pero Nietzsche se defiende de la acusación de nihilismo, puesto que precisamente la concepción metafísica al desvalorizar ‘este’ mundo es lo realmente nihilista. Si Dios no existe, entonces una vida orientada a la vida después de la muerte es lo absurdo mismo.
El que no haya nada debajo de la realidad, significa que la esencia de lo real es caos y que los hombres débiles, los esclavos sienten miedo ante la nada e inventan un mundo verdadero, inventan a Dios. Los hombres de buena clase, los hombres fuertes, en cambio, inventan sobre las ruinas un nuevo mundo, sin ningún modelo de referencia como no sea su propia creatividad. Le inventan un sentido a su existencia.

Nihilismo o no, lo que vive el hombre común después de la ‘muerte de Dios’ a partir del siglo xx es una hipertrofia de un ego cada vez más funcional a los intereses de la sociedad tecnológica y de la economía de mercado, del capitalismo ‘duro’. Rousseau creía que los hombres nacen naturales y felices porque no tienen deseos, pero en el momento en que empiezan a reunirse aparecen los deseos; el resultado es la formación de la sociedad que está hecha para satisfacer esos deseos. El ‘yo verdadero’ queda cada vez más oculto en lo inconsciente. La vida del hombre se empobrece al verse desprovista de sentido y se reduce a satisfacer la definición de normalidad psíquica impuesta por la cultura. Por ejemplo, la sexualidad que originalmente es a-morfa, indiferenciada es convertida en una identidad excluyente: masculina o femenina. Los componentes excluidos quedan bloqueados en el inconsciente y no pueden ser integrados, en condiciones normales, al resto de la personalidad. Consecuencia de este empobrecimiento, son las soluciones patológicas a que el llamado ‘hombre light’, como lo llamó el psiquiatra. E. Rojas (5), debe recurrir para soportar una vida inauténtica y desprovista de libertad: una personalidad adictiva en una sociedad que no está hecha para los hombres, sino para las máquinas. La personalidad adictiva es aquella que pretende darle sentido a su existencia satisfaciendo necesidades falsas, que son falsas porque pertenecen al ego y no al yo verdadero. El adicto es similar a lo que en cibernética se llama un sistema desbocado: aumento incontrolado de la cantidad hasta que el sistema colapsa, sin que necesariamente se produzca un cambio en la cualidad, que podría ser la ‘salvación’ del adicto. (v. Prigogine, teoría del caos). Esto explica el consumo creciente de drogas y alcohol, así como las formas patológicas del amor y de la sexualidad. Es necesario aclarar que el uso de drogas y las prácticas sexuales ‘desviadas’ no son malas en sí mismas. Antes bien, las grandes culturas conocidas siempre usaron la droga y el sexo pero como un vehículo de ascenso hasta lo divino, y bajo la guía de maestros ‘iniciados’. En la sociedad actual, en cambio, la personalidad adictiva busca aplacar la angustia que le provoca una existencia pobre y estúpida. Por esto es que la droga y la sexualidad terminan aumentando el sufrimiento del sujeto. En otras culturas, en cambio, la droga no generó drog-adictos ni el sexo generó psicópatas sexuales.

Es decir, la muerte de Dios abrió nuevas posibilidades de desarrollo del hombre, pero la tecnología y el capitalismo convirtieron a las multitudes desesperadas en adictos al consumo.

En el campo de la epistemología, el nihilismo puede rastrearse en los principios del modelo de la complejidad. La idea fundamental es que la concepción mecanicista del universo (Galileo, Newton) es incapaz de ofrecer una explicación consistente para el comportamiento caótico de la realidad microfísica. Revise textos de tercero medio sobre este punto.


4.- Conclusión.
El curso de filosofía, decíamos, se propone entregarle herramientas intelectuales para que Ud.:
a.- realice una autoevaluación de lo que ha sido su vida,
b.- detecte los puntos de conflicto,
c.- diseñe una solución.

La psico-terapia tardó siglos en llegar a hacer, ahora, lo que la filosofía siempre hizo desde su nacimiento: permitir que el ‘paciente’ decida libremente el grado de cambios que desea introducir en su vida, incluida la alternativa de no hacer cambio alguno. Los filósofos no saben qué es la verdad; mal pueden saber lo que es la normalidad. Si Ud. es feliz así como es, entonces no necesita filosofía. Cuéntenos cómo lo hace.

Ya Platón se percató del problema. Es lícito obligar a un esclavo a ser libre?

Notas:

(1) Rafael Echeverría: Ontología del Lenguaje.
Por la Senda del Pensar Ontológico.
El Observador y Su Mundo.

(2) Faltan acentos y espíritus a estos términos griegos. Consulte al profesor de griego.

(3) Jorge Estrella: “Tres creadores: el Big-bang, al ADN y la Mente”. En visviri.blogspot.com

(4) Boris Cyrulnik: El Encantamiento del Mundo.

(5) Enrique Rojas: El Hombre Light.




Marzo, 2009.-